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La luz de la luna se infiltró en sus sueños dándoles matices raros y exóticos. Un par de brazos a su alrededor le devolvieron parte de la conciencia que el sueño trataba de robarle. Estaba ahí, en sus brazos. Su cuerpo se tenso instintivamente mientras las dos partes de ella luchaban por decidirse. Aquella parte que se había acostumbrado a huir, a escapar, a cuidar de si misma, le decía que no se confiara, que tuviera cuidado. Por el contrario, aquella parte de ella tan necesitada, la que extrañaba los pinceles, los lienzos, los colores, el olor de la trementina y el aguarrás, decía que quizá no sería tan malo confiarse a alguien.
Intento levantarse pero los brazos que la rodeaban se lo impidieron. Si hubiera sido más joven se habría sonrojado por todo lo que había ocurrido la noche anterior, pero lo cierto es que ella no era ninguna colegiala tímida, de hecho, era todo lo contrario y aquello no le había sido nada desconocido. Al menos la mayor parte. Si bien no se sonrojó por los recuerdos, la sangre amenazó con fluir a su rostro cuando notó la forma en que el hombre se abrazaba a ella. Una de sus manos descansaba en su vientre, provocándole una cálida sensación, la otra descansaba sobre la curva de su cintura en un gesto marcadamente dominante. El rostro de él estaba enterrado en su cabello y su respiración le causaba cosquillas en el cuello. Estar tan cerca de alguien nunca le había parecido tan diferente. De los muchos, y habían sido demasiados, hombres que habían pasado por su lecho, ninguno había mostrado esa actitud de posesión que el expresaba, y aun menos estando dormido.













