Ni ella ni yo pensamos disculparnos por nuestras palabras. No se disculpa el sol aunque queme ni la luna aunque en ocasiones aterre. Yo amo, todo aquello que pueda ser amable, y como me rehúso a esconderme, he aquí mi escape.
23 ago 2013
Hoy no es por ti
Creo que hace tiempo no hablaba yo de algo diferente a ti. Pero hoy no eres tu lo que me duele más. Entiéndase, si me dueles pero en un rincón lejano, como usualmente, sin salir especialmente a la superficie hoy. (Mentira, hoy me dueles más que nunca, pero no pienso decirlo hoy).
Hoy lo que me duele es mi propia credulidad, mi propia estúpida confianza en los seres humanos. Esa tonta idea que tengo yo de que todos tienen algo bueno en su interior, que todos son capaces de bondad y de dulzura si se los permites, que todos son capaces de reciprocidad en cuanto a los sentimientos que en ellos depositas (y esto lo aprendí a las patadas contigo), todo eso es mentira. Resulta que esa bondad que yo juro que existe, es mito. Es sueño, es pura ficción, como la mayoría de las cosas en las que creo. Amor, amistad, bondad, finales felices. Pffff. Como si algo de eso existiera en mi vida, como si hubiese visto algo de aquello con mis propios ojos. Y si, existe la fe y existe la esperanza, pero en días como hoy yo no quiero tener ninguna de las dos. Es la esperanza la que me mantiene en vilo por la noche y es la fe la que me sostiene en algo que se cae a pedazos, cuando yo me caigo a pedazos.
Lo que me duele es que la gente que quiero se va, a voluntad propia, sobre sus propios pies, andando y andando sin mirar atrás, de mi vida. Lo que me duele es que ni siquiera merezca una misera explicación del por qué la decisión más lógica acaba siendo que ya no es conveniente tenerme en sus vidas. Lo que me mata es que yo entienda y acepte esa decisión. ¿Qué acaso no me queda amor propio? ¿Qué acaso me quedé ya sin orgullo? No, el orgullo lo tengo (es el que me duele cuando pienso en ti, él y mi amor), el amor propio también (es el que me recrimina que piense en ti). El problema no es ese, el problema soy yo. Que me engancho y me encariño y me siento demasiado apegada a aquellos que llamo amigos, incluso si ellos no me llaman como tal. Y es por esa absurda costumbre, por ese mecanismo defectuoso que tengo en mi interior que me hace tan blanda y torpe, que acabo como acabo. Y entonces no sé decir adiós, no sé cómo, no puedo. Y entonces soy una cursi, idiota, torpe y derrotada que acaba el día tirada sobre la cama con una almohada en el rostro para que los sollozos no sean demasiado altos. O peor, acabo aquí, escribiendo patéticamente todo lo que cruza por mi mente porque es la única forma de sentirme en paz conmigo misma.
Y por eso hoy no es un buen día, y por eso no quiero dormir, (porque si duermo pienso y si pienso pierdo) y por eso no quiero ni siquiera darle oportunidad a nadie de explicarme nada. Porque me conozco, porque sé que, si lo permito, acabaré perdonando mi propio asesinato y ese es un extremo que no deseo recorrer.
Hoy no es por ti (aunque últimamente todo lo sea) excepto por esta última parte.
¡Deja de lamentarlo!
Yo no lo lamento, y te juro, aunque no me guste jurar, que si tuviera la oportunidad de devolver el tiempo, lo haría, sólo para vivirlo todo de nuevo.
Entonces deja de lamentarlo y de sentir culpa por algo por lo que yo pedí, casi rogué. Yo no la siento, y mira que soy yo la que debería estar siquiera algo dolida.
Pero todo bien, ya ves, soy elástica.
Entonces hoy no es por ti (aunque al final si) pero ojala no fuera por las razones por las que es.
Hoy lo que me duele es mi propia credulidad, mi propia estúpida confianza en los seres humanos. Esa tonta idea que tengo yo de que todos tienen algo bueno en su interior, que todos son capaces de bondad y de dulzura si se los permites, que todos son capaces de reciprocidad en cuanto a los sentimientos que en ellos depositas (y esto lo aprendí a las patadas contigo), todo eso es mentira. Resulta que esa bondad que yo juro que existe, es mito. Es sueño, es pura ficción, como la mayoría de las cosas en las que creo. Amor, amistad, bondad, finales felices. Pffff. Como si algo de eso existiera en mi vida, como si hubiese visto algo de aquello con mis propios ojos. Y si, existe la fe y existe la esperanza, pero en días como hoy yo no quiero tener ninguna de las dos. Es la esperanza la que me mantiene en vilo por la noche y es la fe la que me sostiene en algo que se cae a pedazos, cuando yo me caigo a pedazos.
Lo que me duele es que la gente que quiero se va, a voluntad propia, sobre sus propios pies, andando y andando sin mirar atrás, de mi vida. Lo que me duele es que ni siquiera merezca una misera explicación del por qué la decisión más lógica acaba siendo que ya no es conveniente tenerme en sus vidas. Lo que me mata es que yo entienda y acepte esa decisión. ¿Qué acaso no me queda amor propio? ¿Qué acaso me quedé ya sin orgullo? No, el orgullo lo tengo (es el que me duele cuando pienso en ti, él y mi amor), el amor propio también (es el que me recrimina que piense en ti). El problema no es ese, el problema soy yo. Que me engancho y me encariño y me siento demasiado apegada a aquellos que llamo amigos, incluso si ellos no me llaman como tal. Y es por esa absurda costumbre, por ese mecanismo defectuoso que tengo en mi interior que me hace tan blanda y torpe, que acabo como acabo. Y entonces no sé decir adiós, no sé cómo, no puedo. Y entonces soy una cursi, idiota, torpe y derrotada que acaba el día tirada sobre la cama con una almohada en el rostro para que los sollozos no sean demasiado altos. O peor, acabo aquí, escribiendo patéticamente todo lo que cruza por mi mente porque es la única forma de sentirme en paz conmigo misma.
Y por eso hoy no es un buen día, y por eso no quiero dormir, (porque si duermo pienso y si pienso pierdo) y por eso no quiero ni siquiera darle oportunidad a nadie de explicarme nada. Porque me conozco, porque sé que, si lo permito, acabaré perdonando mi propio asesinato y ese es un extremo que no deseo recorrer.
Hoy no es por ti (aunque últimamente todo lo sea) excepto por esta última parte.
¡Deja de lamentarlo!
Yo no lo lamento, y te juro, aunque no me guste jurar, que si tuviera la oportunidad de devolver el tiempo, lo haría, sólo para vivirlo todo de nuevo.
Entonces deja de lamentarlo y de sentir culpa por algo por lo que yo pedí, casi rogué. Yo no la siento, y mira que soy yo la que debería estar siquiera algo dolida.
Pero todo bien, ya ves, soy elástica.
Entonces hoy no es por ti (aunque al final si) pero ojala no fuera por las razones por las que es.
22 ago 2013
Hoy no había relámpagos, ni truenos, ni nubes de tormenta. Yo no sé si eso me gusta(s) o no. Porque es que (tu) los truenos y los relámpagos, independientemente de lo mucho que los (te) ame por ser fuerza, bestialidad, poder, son cosas que me recuerdan a ti y a nuestras conversaciones. Sin embargo, cuando la noche es clara, (te) pienso y me pregunto si estarás viendo la misma luna que yo (te) veo.
Es por eso que, a alguien que está enganchado hasta las trancas con alguna droga como lo eres tu (yo), no se le pueden dar esperanzas, por muy leves que sean (no). Acaban como yo (por ti), ahí lindando las lágrimas y las risas, ahí fingiendo fuerza cuando todo está hecho trizas (yo), ahí esperando la más insignificante mirada para hacer de ello un motivo para respirar(te).
Es por eso que no puedo pensarlo, y no hago otra cosa que pensar(te), y querer(te) aunque me mate(s).
Es por eso que, a alguien que está enganchado hasta las trancas con alguna droga como lo eres tu (yo), no se le pueden dar esperanzas, por muy leves que sean (no). Acaban como yo (por ti), ahí lindando las lágrimas y las risas, ahí fingiendo fuerza cuando todo está hecho trizas (yo), ahí esperando la más insignificante mirada para hacer de ello un motivo para respirar(te).
Es por eso que no puedo pensarlo, y no hago otra cosa que pensar(te), y querer(te) aunque me mate(s).
Paciencia
Yo sé que probablemente ustedes vean esto y esperen algo grande, un futuro premio literario o algo así, pero el caso no es ese. El caso es otro, el típico cliché de la vida: Un/a chica/o conoce a un/a chica/o que no es muy consciente de su existencia, cae perdida/o por él/ella. Resulta que la cosa se parece a eso. O a el cliché adolescente de no saber quien eres, que quieres ni a donde vas, es algo como eso.
Es por eso que pido paciencia. Paciencia porque sé que puedo ser repetitiva o extraña o perturbarlos en algún punto. ¡Comanse el pastel y quiten las cerezas! Y tenganme un algo de paciencia. Al final del día esto es los que tengo, para todo, así que dejenme ser.
Let me be.
Es por eso que pido paciencia. Paciencia porque sé que puedo ser repetitiva o extraña o perturbarlos en algún punto. ¡Comanse el pastel y quiten las cerezas! Y tenganme un algo de paciencia. Al final del día esto es los que tengo, para todo, así que dejenme ser.
Let me be.
666
Generalmente me evito esto, porque dar anuncios en estilo "Yo sé que ustedes están ahí y me leen" me perturba un poco. Rompe mi burbuja, por así decirlo. Pero es que les cuento, esta es la entrada numero 667, lo que quiere decir que la anterior fue la numero 666. Yo ni cuenta me di. Si tienen una leve idea de lo maniatica que soy, sabrán que me gustan los numeros repetitivos. Sea el número que sea, pero me gusta lo repetitivo, así que debía hacer algo por esa entrada. La reconozco en esta.
Agradezco a quienes me leen, aunque sean pocos, y a quienes se sienten identificados con mis locas y extrañas palabras. Soy cursi y poco centrada y muy extraña, si, pero saber que hay gente para quien lo que escribo tiene sentido hace que toda la vida valga la pena. Gracias. (No, no pienso suicidarme ni este es un post de despedida. Simplemente me volví cursi, culpen a la luna)
Segundo, resulta que yo soy amante de la belleza, ¿cierto? De todo tipo de belleza. Y tengo fantasmas, ¿Cierto? Como toda persona cuerda y viva los tiene. Y mis fantasmas duelen, ¿Cierto? Como duelen esas heridas que le quedan a uno en el alma. Entonces pasa que yo necesito sacarlas, necesito librarme de ellas, y para eso están ustedes, lo siento, los amo pero es cierto. Entonces muchas veces magnifico las cosas. Y muchas otras les resto importancia. Y algunas otras son simples experimentos. Así que si te arriesgas es bajo tu propia responsabilidad. No me hago responsable de susceptibilidades heridas por lo escrito aquí porque, como siempre he dicho, este es MI escape y no un escondite.
En fin. Descansen.
¡Llevamos 667 entradas! ¡Dominaremos el mundo!
Agradezco a quienes me leen, aunque sean pocos, y a quienes se sienten identificados con mis locas y extrañas palabras. Soy cursi y poco centrada y muy extraña, si, pero saber que hay gente para quien lo que escribo tiene sentido hace que toda la vida valga la pena. Gracias. (No, no pienso suicidarme ni este es un post de despedida. Simplemente me volví cursi, culpen a la luna)
Segundo, resulta que yo soy amante de la belleza, ¿cierto? De todo tipo de belleza. Y tengo fantasmas, ¿Cierto? Como toda persona cuerda y viva los tiene. Y mis fantasmas duelen, ¿Cierto? Como duelen esas heridas que le quedan a uno en el alma. Entonces pasa que yo necesito sacarlas, necesito librarme de ellas, y para eso están ustedes, lo siento, los amo pero es cierto. Entonces muchas veces magnifico las cosas. Y muchas otras les resto importancia. Y algunas otras son simples experimentos. Así que si te arriesgas es bajo tu propia responsabilidad. No me hago responsable de susceptibilidades heridas por lo escrito aquí porque, como siempre he dicho, este es MI escape y no un escondite.
En fin. Descansen.
¡Llevamos 667 entradas! ¡Dominaremos el mundo!
21 ago 2013
Oda a la Rosa en el suelo
Era fácil pasar y verla, contrastaba fuertemente con el paisaje, pero también era sencillo ignorarla. Ella estaba ahí, sola, abandonada, dejada a su suerte por algún alma cruel y sádica. O por un alma noble pero descuidada, eso era un poco más aceptable. Sólo un poco. La tierra se adhería a su hermoso vestido, a ese vestido que ni siquiera el más poderoso rey había podido imitar. La luz caía y la evitaba, como si le avergonzara su caída en desgracia. El viento soplaba pero la pasaba de largo, poco interesado en acariciarle. Le habían vuelto la espalda porque había caído de su pedestal ¡Como si hubiera podido evitarlo! No había sido su elección, eso era claro, había sido simplemente el ciclo de la vida. Su vestido tenía una arruga, pequeña, simple, sólo una. Esa que le hizo una mujer al arrancarla de su hogar porque se cortó con una de sus espinas, mujer que luego encontró quien la consolara y cuidara, quien hiciera por ella lo que ella tanto deseaba. Esa era la causa de la arruga en su vestido, no iba más allá, y ella no lo lamentaba. Cierto era que había sido una causa tan noble que no podía menos que amar su arruga.¡Bien, gritó sin voz, arrojénme! Se negó a alisar su vestido o a limpiar el polvo de su ser, se negó a dejar que el frío la venciera o que los animales la asustaran. Se rehusó a dejar de ser ella y a pedir que la levantaran, ella no había caído de la gracia, había encontrado su propia gracia. Era una vieja rosa ya marchita que sacaba sonrisas a quienes pasaban a su lado en la calle. Ella era la gracia. La rosa de rosas. Ella era la sonrisa del sol y la caricia del viento, era la luz de la luna que tomaba forma en la tierra. Ella era la dulzura y la vida que se camuflaban ante los ojos mortales. Ella era la rosa caída que se elevaba sobre el mundo.
Ellos VII
Y Ella lo veía. Ella si podía observarle, sin que él lo supiera de forma clara, y podía susurrarle cosas. Cosas como pistas, ¿qué si no? E ideas. Ella quería, casi tanto como temía, ser encontrada. Quería a Leon, quería verlo, y deseaba que él jamás la encontrara. No quería arrastrarlo junto con la decadencia de los suyos, ya muchas civilizaciones se habían hundido con Ellos.
La luna brillaba, pálida y triste, a las afueras de la Torre del Trono. La ira bullía en su interior, si tan solo hubiera estado en sus manos, el Dueño del Trono habría entendido lo que ella podía hacer. No tenía autoridad, sin embargo, se la habían quitado, le habían quitado su lugar, su nombre, le habrían quitado el alma de haber podido. Ya no era Ella, heredera del Dueño del Trono, ahora no era nadie. Apenas y era contada como una gran infractora de la Ley, una paria recluida y sin futuro.
Pensó en Nathaniel y deseó con toda su alma que su amigo estuviera a salvo de toda aquella locura. Al menos uno de los dos podría continuar.
Algo en un rincón de su mente llamó su atención. Leon estaba cerca del Centinela, podía sentirlo. Su cuerpo tembló y empezó a rezarle a algún dios en el que no creía de a mucho, a alguna fuerza de la naturaleza que mantuviera el balance, por que Leon supiera lo que debía hacer frente al Centinela de la Puerta del Mundo.
La luna brillaba, pálida y triste, a las afueras de la Torre del Trono. La ira bullía en su interior, si tan solo hubiera estado en sus manos, el Dueño del Trono habría entendido lo que ella podía hacer. No tenía autoridad, sin embargo, se la habían quitado, le habían quitado su lugar, su nombre, le habrían quitado el alma de haber podido. Ya no era Ella, heredera del Dueño del Trono, ahora no era nadie. Apenas y era contada como una gran infractora de la Ley, una paria recluida y sin futuro.
Pensó en Nathaniel y deseó con toda su alma que su amigo estuviera a salvo de toda aquella locura. Al menos uno de los dos podría continuar.
Algo en un rincón de su mente llamó su atención. Leon estaba cerca del Centinela, podía sentirlo. Su cuerpo tembló y empezó a rezarle a algún dios en el que no creía de a mucho, a alguna fuerza de la naturaleza que mantuviera el balance, por que Leon supiera lo que debía hacer frente al Centinela de la Puerta del Mundo.
Ella brilla. Irradia su propia cascada de luz y veneno que baña todo lo que toca. Ella brilla mientras nadie la ve, mientras todos le dan por sentado, ella resplandece. Y todo cambia. Si alguna vez has visto el cielo y el infierno, el punto donde todos los mundos se cruzan, el punto donde todo deja de ser real, le has visto. Es ese, su juego, su maldición, su destino. Eso es lo que sabe y lo que le queda, eso es lo que los baña.
Mientras observaba la luna de Fusagasugá y escuchaba a los demás cantar. Perdona, me pueden más la luna y tu recuerdo.
¿Sabes qué tenemos en común el barquito chiquitito, el de la canción, y yo?
Ambos somos pequeños. Si, es hora de admitirlo, soy pequeña. Me amo pero sigo siendo pequeña. Para miles de cosas, no sólo físicamente, y los demás lo saben. Casi todos lo saben, puesto que se sorprenden demasiado cuando ven lo que puedo hacer. Gajes del oficio, creo.
Ambos estamos varados, no podemos navegar. Él por ser pequeño, por quedarse sin combustible, por no poder manejar las olas, qué sé yo. Y yo por ser pequeña, por no saber qué me mueve, por saberlo y no seguirlo, por dejar ir lo que amo, por no poder manejar mi prisión, qué sé yo.
La diferencia entre mi historia y la del barquito chiquitito es que la de él puede volver a contarse sin que nadie llore, grite o haga berrinches. A mi, por otro lado, si me toca lidiar con eso.
Perowhat the hell? Si quiero, puedo contarla mil veces y seguirá siendo mi historia. Con tantos colores como quiera.
Ambos somos pequeños. Si, es hora de admitirlo, soy pequeña. Me amo pero sigo siendo pequeña. Para miles de cosas, no sólo físicamente, y los demás lo saben. Casi todos lo saben, puesto que se sorprenden demasiado cuando ven lo que puedo hacer. Gajes del oficio, creo.
Ambos estamos varados, no podemos navegar. Él por ser pequeño, por quedarse sin combustible, por no poder manejar las olas, qué sé yo. Y yo por ser pequeña, por no saber qué me mueve, por saberlo y no seguirlo, por dejar ir lo que amo, por no poder manejar mi prisión, qué sé yo.
La diferencia entre mi historia y la del barquito chiquitito es que la de él puede volver a contarse sin que nadie llore, grite o haga berrinches. A mi, por otro lado, si me toca lidiar con eso.
Pero
Travesías de un objeto perdido.
Supongo que me perdí. Si, tiene toda la apariencia de ello. Eso creen todos. Dejaron de buscarme y me dieron por perdido. Asumieron que me había quedado en aquel otro planeta donde me llevaron una vez. ¿Acaso esto es libertad? Se siente bastante extraño, supongo que por la novedad, nunca me habían dejado muy fuera de vista. ¿Y si él se olvida de mi? ¿Buscará alguien más? ¿Habrá alguien ocupando mi lugar cuando regrese?
Cierro mis ojos. La oscuridad no es tan mala. Supongo que me recuerda un poco mi vida anterior. Estaba perdido, así se sentía, no había sentido ni razón, no había luz ni aire. Era todo una eterna espera en la nada, en el vacío, en la húmeda oscuridad de la guarida de algún gigante desarreglado que de vez en cuando me daba una mirada para recordarme que estaba por encima de mi. Aunque no fue tan malo, en algún momento la mano que movía mi destino apareció y me sacó para no regresar. Me encontré en un bolsillo. Y salí a pasear mucho. Aprendí mucho, recorrí mucho, me enteré de cosas que otros como yo jamás sabrán porque nunca verán la luz.
Suspiro. O al menos eso quiero hacer, pero no puedo. Empiezo a tener miedo y a preocuparme. No sé dónde estoy y todo aquí es bastante oscuro, no oscuro como cuando cierro los ojos sino oscuro como cuando da miedo. Es oscuro como cuando te aterras y no puedes recluirte en ti mismo. Y entonces los sonidos empiezan. Primero son pequeñas explosiones lejanas, como los sonidos de esas luces de bengala que los gigantes usan en días especiales, pero luego van en aumento. Es como un golpeteo de tambores, un declaración de guerra. Creo que ya no estoy donde creí estar, este no es el lugar donde me perdí. Es algo diferente, un donde diferente, posiblemente incluso un cuando diferente.
El martilleo de los tambores aumenta cada vez más y empiezo a pensar que definitivamente esta vez la he liado a lo grande. Me atrevo a abrir mis ojos y si, la lié a lo bueno, esta no es mi casa, no es el bolsillo donde vivía, ni la maleta donde me llevaban, no está ni cerca del cajón donde me guardaban. Esto es verde, muy verde, y frío. Esto es un campo abierto, es un parque, creo. Es lindo, si, eso puedo verlo incluso si tengo miedo. Pero no es mi hogar. Me tomo un par de minutos más para admirar el paisaje, las flores de colores tan vivos y brillantes que parecen bailar (Estoy casi seguro que si estaban bailando), los arboles que se agitaban y cantaban al viento, las aves que volaban sobre un firmamento tan azul y claro como sólo existe en libros. Entonces cerré los ojos nuevamente. Si una vez me había traído aquí, lo más probable era que otra me permitiera salir. Los tambores regresaron, pero esta vez los esperaba, casi que los quería, significaban que me movía, que estaría en un donde y un cuando diferentes al abrir los ojos.
La siguiente vez aparecí en un antiguo coliseo Romano. Presencié los juegos y vi como la mano bajaba y daba vida o muerte a voluntad del emperador. Me produjo escalofríos. Cerré mis ojos de nuevo.
Y la siguiente viajé a la Atlántida. La civilización había seguido avanzando después de su hundimiento. Las construcciones y las torres eran hermosas, los ciudadanos eran amables e inteligentes, dedicados a cultivar sus mentes en una existencia pacifica. Pensé que sería buena idea quedarme un poco más ahí, era bastante agradable pero la respuesta vino a mi como un rayo. No. No podía.
No eran mi hogar, ninguno de esos sitios que visité. Ninguno de los tiempos en los que estuve, no era mi tiempo, no eran mi lugar. Así que intenté una vez más. Cerré mis ojos y me concentré todo lo posible. Pensé en mi hogar, en mi dueño, en lo triste que debería sentirse por mi ausencia. Y aún así, incluso si ya me había reemplazado, pensé que yo sí quería volver. Los tambores sonaron esta vez con mucha más fuerza y pensé que me reventarían los tímpanos antes de poder volver. Su sonido se silenció con la misma rapidez con la que había empezado. Conté hasta diez antes de abrir los ojos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.
...
¡Ahí estaba! Lo había encontrado, había vuelto. Mi dueño estaba ahí, frente a mi, sonriendo por haberme hallado. Claro que él no sabe lo lejos que me fui y las cosas que vi pero no necesita saberlo, para él está bien con tenerme de nuevo a su alcance. Y para mi también. Ha de ser divertido, después de todo, o no habría regresado.
Cierro mis ojos. La oscuridad no es tan mala. Supongo que me recuerda un poco mi vida anterior. Estaba perdido, así se sentía, no había sentido ni razón, no había luz ni aire. Era todo una eterna espera en la nada, en el vacío, en la húmeda oscuridad de la guarida de algún gigante desarreglado que de vez en cuando me daba una mirada para recordarme que estaba por encima de mi. Aunque no fue tan malo, en algún momento la mano que movía mi destino apareció y me sacó para no regresar. Me encontré en un bolsillo. Y salí a pasear mucho. Aprendí mucho, recorrí mucho, me enteré de cosas que otros como yo jamás sabrán porque nunca verán la luz.
Suspiro. O al menos eso quiero hacer, pero no puedo. Empiezo a tener miedo y a preocuparme. No sé dónde estoy y todo aquí es bastante oscuro, no oscuro como cuando cierro los ojos sino oscuro como cuando da miedo. Es oscuro como cuando te aterras y no puedes recluirte en ti mismo. Y entonces los sonidos empiezan. Primero son pequeñas explosiones lejanas, como los sonidos de esas luces de bengala que los gigantes usan en días especiales, pero luego van en aumento. Es como un golpeteo de tambores, un declaración de guerra. Creo que ya no estoy donde creí estar, este no es el lugar donde me perdí. Es algo diferente, un donde diferente, posiblemente incluso un cuando diferente.
El martilleo de los tambores aumenta cada vez más y empiezo a pensar que definitivamente esta vez la he liado a lo grande. Me atrevo a abrir mis ojos y si, la lié a lo bueno, esta no es mi casa, no es el bolsillo donde vivía, ni la maleta donde me llevaban, no está ni cerca del cajón donde me guardaban. Esto es verde, muy verde, y frío. Esto es un campo abierto, es un parque, creo. Es lindo, si, eso puedo verlo incluso si tengo miedo. Pero no es mi hogar. Me tomo un par de minutos más para admirar el paisaje, las flores de colores tan vivos y brillantes que parecen bailar (Estoy casi seguro que si estaban bailando), los arboles que se agitaban y cantaban al viento, las aves que volaban sobre un firmamento tan azul y claro como sólo existe en libros. Entonces cerré los ojos nuevamente. Si una vez me había traído aquí, lo más probable era que otra me permitiera salir. Los tambores regresaron, pero esta vez los esperaba, casi que los quería, significaban que me movía, que estaría en un donde y un cuando diferentes al abrir los ojos.
La siguiente vez aparecí en un antiguo coliseo Romano. Presencié los juegos y vi como la mano bajaba y daba vida o muerte a voluntad del emperador. Me produjo escalofríos. Cerré mis ojos de nuevo.
Y la siguiente viajé a la Atlántida. La civilización había seguido avanzando después de su hundimiento. Las construcciones y las torres eran hermosas, los ciudadanos eran amables e inteligentes, dedicados a cultivar sus mentes en una existencia pacifica. Pensé que sería buena idea quedarme un poco más ahí, era bastante agradable pero la respuesta vino a mi como un rayo. No. No podía.
No eran mi hogar, ninguno de esos sitios que visité. Ninguno de los tiempos en los que estuve, no era mi tiempo, no eran mi lugar. Así que intenté una vez más. Cerré mis ojos y me concentré todo lo posible. Pensé en mi hogar, en mi dueño, en lo triste que debería sentirse por mi ausencia. Y aún así, incluso si ya me había reemplazado, pensé que yo sí quería volver. Los tambores sonaron esta vez con mucha más fuerza y pensé que me reventarían los tímpanos antes de poder volver. Su sonido se silenció con la misma rapidez con la que había empezado. Conté hasta diez antes de abrir los ojos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.
...
¡Ahí estaba! Lo había encontrado, había vuelto. Mi dueño estaba ahí, frente a mi, sonriendo por haberme hallado. Claro que él no sabe lo lejos que me fui y las cosas que vi pero no necesita saberlo, para él está bien con tenerme de nuevo a su alcance. Y para mi también. Ha de ser divertido, después de todo, o no habría regresado.
20 ago 2013
19 ago 2013
18 ago 2013
Ni con mil vidas puedo.
Ni siquiera puedo decir que sea diferente, que hay cambiado nada. Te juro que me parece que me esperan tres y cuatro vidas más contigo, con esto. Y corro y huyo y escapo intentando no verte, no pensarte, pero todo sale al revés y todos mis planes acaban en vacío y en nada, en todo y en nada.
La primera vez estuvo bien, el primer día, el primer sueño. Yo juraba que era sobrevivíble, luego entendí que hay cosas que toman mucho, mucho tiempo para sanar. Hay muchas heridas que no sanan, que dejan cicatrices horrendas y permanentes.
Como tu.
Como yo.
Como todo.
Y quise recurrir a ellos, buscarles y salvarme a mi misma en un intento desesperado pero es que no funciona así, nada funciona así. No va a haber nadie mañana, ni el día siguiente ni el siguiente. No va a haber quien salve el mundo de la destrucción cuando todo quiera caerse.
En fin, es pura especulación. Tres son poco, creo, cuando hablamos de vidas en las que me persigas. Y miles jamás serán suficientes, por lo que sé, si eso me da solo un momento feliz, una sonrisa, un nuevo juego de ahogados donde pueda reírme en serio.
Yo quiero, por favor, un nuevo juego. Y suplicaría, creo, si me fuera posible, si pudiera cambiar algo. Nada va a cambiar, creo, aunque ruegue, aunque suplique, aunque rompa y destruya y grite porque no lo soporto mas.
Eres mio, al final del día, al final de todos los días, eres de aquí (de este agujero enorme en mi pecho) y no te vas, y no te quieres ir, y creo que no lo lograré. Cada noche, cada mañana, creo que no va a ser posible. Y el día pasa y sueñas que se va a poder, y la esperanza aparece nuevamente, y mata. Y la odio, así como a ti te tengo en el otro extremo de la cuerda, en el extremo justamente opuesto al odio. Shhh.
Ni siquiera con mil vidas puedo.
15 ago 2013
Ellos VI
Despertó de su sueño sobresaltado, sintiendo que algo o alguien le observaba. No le hizo falta preocuparse por quién sería, sabía que era Ella. No estaba seguro del cómo o por qué lo sabía pero estaba seguro de ello, tan seguro como de que el mundo no era el mismo sin ella. Una parte de él, la parte que aún trataba de mantenerse lógica y racional, le decía que no era posible, que ese tipo de cosas no ocurrían; bien sabía él que en el mundo normal no ocurrían pero es que el mundo ya no era normal. Las cosas habían cambiado cuando Ellos se revelaron, cuando declararon sus intenciones con la humanidad. Paz, bufó, como si eso ocurriera realmente. Era todo parte de la intriga, del plan mayor, de aquella macabra historia que se repetía una y otra vez, el fuerte siempre ganaba, Ellos siempre ganaban.
Se quitó las cobijas con una sacudida y se puso en pie. La habitación estaba tan oscura como lo había estado su mente el día que hizo el trato con las Parcas, y aún así podía ubicarse. Había aprendido eso, podía moverse en la oscuridad, casi como si alguien le susurrara al oído qué era lo que había a su alrededor. Abrió la ventana y se sentó en el alféizar con los pies colgando hacia afuera. El mundo exterior seguía sumido en la oscuridad, un gigante dormido, y posiblemente no despertaría de su letargo hasta dentro de unas dos horas o más, pensó. Sus ojos vagaban por el paisaje, viendo sin ver las formas de los arboles y de las colinas. La mansión de Nathaniel y Laura estaba bastante alejada de la ciudad, lo que era bueno porque los mantenía alejados también de la locura que se vivía en la civilización. Y así fue como la humanidad perdió la guerra y se dejó dominar por Ellos, pensó León. Su mente recordaba constantemente los intentos humanos, vanos intentos pero intentos al fin y al cabo, de llegar a una tregua con aquellos seres. En la mayoría de los casos, las ciudades ya habían sucumbido antes de que la ayuda llegara, casi a nadie le importaba su destino si podía obtener el placer que esos seres proporcionaban. Una parte de su mente, la que empezaba a sentirse un poco ubicado dentro de toda esa locura, le dijo que debía dejar de pensar en ellos como monstruos. En primer lugar, Ella era una de ellos; en segundo lugar, Nathaniel también lo era, y él había visto lo bien que Laura se sentía a su lado y lo mucho que su amiga amaba a su nuevo compañero. Aunque Laura sea masoquista, reconócele eso, ha sabido escoger su verdugo.
El mismo, pensó también, había escogido su verdugo. Y su precio. La humanidad sobreviviría, Ellos los necesitaban, y aún quedaban vestigios de personas lo suficientemente sabias para no jugar a creerse dioses ante Ellos. Estarían bien. Ese no era su problema ni debía ser su preocupación. Su asunto era uno diferente y estaba retrasándolo demasiado. Decidió que al día siguiente partiría, a donde fuera que el viento le llevase y pudiera encontrar pistas sobre Ella. Seguiría buscando y buscando, porque eso era lo que él sabía hacer ahora, buscar, gracias a los cielos por ese pequeño regalo de las Parcas.
Cuando el sol empezaba a alzarse sobre el cielo, se retiró de la ventana y bajó al estudio de la mansión. Nathaniel estaba ahí, como había estado el día que él llegara. Una mirada le confirmó sus sospechas, Nathaniel sabía de sus planes, le apoyaba incluso. León se había sorprendido al saber que Nathaniel y Ella habían crecido juntos, que habrían incluso acabado sus vidas juntos si este no se hubiera enamorado de la mujer del retrato, esa que había muerto hacía tanto tiempo.
Nathaniel tampoco creía mucho en León, podía ser el amor de Ella pero eso no demostraba que fuera digno. Sin embargo le reconocía el merito de haberse enfrentado a las Parcas por ella, demonios, estaba buscándola alrededor de todo el mundo. A quién le importaba si era digno o no, estaba buscándola y eso le bastaba. Al verlo en la puerta del estudio, Nathaniel supo lo que había ido a hacer, se marcharía, seguiría su búsqueda. No iba a detenerlo, aunque Laura se entristecería, era algo que debía hacer. Incluso él, con todo su odio hacía los Altos y El Trono, y con su desprecio por los vestigios de su raza, debía admitir que el atrevimiento de ese humano al desafiar a todos Ellos era algo admirable. Lo apoyaría, decidió, hasta las últimas consecuencias.
- Di que necesitas.
León comprendió al instante las intenciones del otro y consideró aceptarlas, pero una voz en su interior, la misma que solía susurrarle en qué dirección ir, suponía él que la voz de Ella, le dijo que no lo permitiera. Pensó en Laura. Si las cosas eran realmente como Nathaniel le había dicho, este estaría en graves problemas por ayudarlo y su amante sufriría las consecuencias con él. No le haría eso a Laura, no ahora que era feliz, no ahora que estaba bien. La quería lo suficiente para eso.
- Nada.
Nathaniel entendió. Era el tipo de entendimiento que se da entre camaradas o entre aliados, esa corriente sin palabras que lo dice todo. Asintió.
- ¿Puedo hacer algo por ti? -preguntó de nuevo, esta vez más interesado en ayudar ya que León seguía demostrando su valor y su honor, cosas que Nathaniel, por ser tan poco usuales, valoraba mucho.
- Dime dónde puedo encontrar al Centinela.
La expresión de Nathaniel se llenó de preocupación pero no le negó la información. Al fin y al cabo, la misión era una empresa suicida en su mayor parte y el Centinela era sólo una de las primeras paradas. Le dijo todo lo que sabía.
Se quitó las cobijas con una sacudida y se puso en pie. La habitación estaba tan oscura como lo había estado su mente el día que hizo el trato con las Parcas, y aún así podía ubicarse. Había aprendido eso, podía moverse en la oscuridad, casi como si alguien le susurrara al oído qué era lo que había a su alrededor. Abrió la ventana y se sentó en el alféizar con los pies colgando hacia afuera. El mundo exterior seguía sumido en la oscuridad, un gigante dormido, y posiblemente no despertaría de su letargo hasta dentro de unas dos horas o más, pensó. Sus ojos vagaban por el paisaje, viendo sin ver las formas de los arboles y de las colinas. La mansión de Nathaniel y Laura estaba bastante alejada de la ciudad, lo que era bueno porque los mantenía alejados también de la locura que se vivía en la civilización. Y así fue como la humanidad perdió la guerra y se dejó dominar por Ellos, pensó León. Su mente recordaba constantemente los intentos humanos, vanos intentos pero intentos al fin y al cabo, de llegar a una tregua con aquellos seres. En la mayoría de los casos, las ciudades ya habían sucumbido antes de que la ayuda llegara, casi a nadie le importaba su destino si podía obtener el placer que esos seres proporcionaban. Una parte de su mente, la que empezaba a sentirse un poco ubicado dentro de toda esa locura, le dijo que debía dejar de pensar en ellos como monstruos. En primer lugar, Ella era una de ellos; en segundo lugar, Nathaniel también lo era, y él había visto lo bien que Laura se sentía a su lado y lo mucho que su amiga amaba a su nuevo compañero. Aunque Laura sea masoquista, reconócele eso, ha sabido escoger su verdugo.
El mismo, pensó también, había escogido su verdugo. Y su precio. La humanidad sobreviviría, Ellos los necesitaban, y aún quedaban vestigios de personas lo suficientemente sabias para no jugar a creerse dioses ante Ellos. Estarían bien. Ese no era su problema ni debía ser su preocupación. Su asunto era uno diferente y estaba retrasándolo demasiado. Decidió que al día siguiente partiría, a donde fuera que el viento le llevase y pudiera encontrar pistas sobre Ella. Seguiría buscando y buscando, porque eso era lo que él sabía hacer ahora, buscar, gracias a los cielos por ese pequeño regalo de las Parcas.
Cuando el sol empezaba a alzarse sobre el cielo, se retiró de la ventana y bajó al estudio de la mansión. Nathaniel estaba ahí, como había estado el día que él llegara. Una mirada le confirmó sus sospechas, Nathaniel sabía de sus planes, le apoyaba incluso. León se había sorprendido al saber que Nathaniel y Ella habían crecido juntos, que habrían incluso acabado sus vidas juntos si este no se hubiera enamorado de la mujer del retrato, esa que había muerto hacía tanto tiempo.
Nathaniel tampoco creía mucho en León, podía ser el amor de Ella pero eso no demostraba que fuera digno. Sin embargo le reconocía el merito de haberse enfrentado a las Parcas por ella, demonios, estaba buscándola alrededor de todo el mundo. A quién le importaba si era digno o no, estaba buscándola y eso le bastaba. Al verlo en la puerta del estudio, Nathaniel supo lo que había ido a hacer, se marcharía, seguiría su búsqueda. No iba a detenerlo, aunque Laura se entristecería, era algo que debía hacer. Incluso él, con todo su odio hacía los Altos y El Trono, y con su desprecio por los vestigios de su raza, debía admitir que el atrevimiento de ese humano al desafiar a todos Ellos era algo admirable. Lo apoyaría, decidió, hasta las últimas consecuencias.
- Di que necesitas.
León comprendió al instante las intenciones del otro y consideró aceptarlas, pero una voz en su interior, la misma que solía susurrarle en qué dirección ir, suponía él que la voz de Ella, le dijo que no lo permitiera. Pensó en Laura. Si las cosas eran realmente como Nathaniel le había dicho, este estaría en graves problemas por ayudarlo y su amante sufriría las consecuencias con él. No le haría eso a Laura, no ahora que era feliz, no ahora que estaba bien. La quería lo suficiente para eso.
- Nada.
Nathaniel entendió. Era el tipo de entendimiento que se da entre camaradas o entre aliados, esa corriente sin palabras que lo dice todo. Asintió.
- ¿Puedo hacer algo por ti? -preguntó de nuevo, esta vez más interesado en ayudar ya que León seguía demostrando su valor y su honor, cosas que Nathaniel, por ser tan poco usuales, valoraba mucho.
- Dime dónde puedo encontrar al Centinela.
La expresión de Nathaniel se llenó de preocupación pero no le negó la información. Al fin y al cabo, la misión era una empresa suicida en su mayor parte y el Centinela era sólo una de las primeras paradas. Le dijo todo lo que sabía.
14 ago 2013
Femme Fatale, fragmento.
La tierra removida y vuelta a colocar en su lugar se veía claramente incómoda. Detallaba que ese no era su sitio, que no era ahí donde debía estar. Intentó allanarla un poco con la pala. Igual. Se secó el sudor con el antebrazo y decidió que no valía la pena. Estaba lo suficientemente lejos de la ciudad como para que nadie cruzara por allí al menos hasta las próximas lluvias, lo que significaba que nadie lo vería. Estaba salvada.
Terminó de apisonar bien la tierra con la pala, se volvió a secar el sudor del rostro y se dirigió al auto. Arrojó la pala al maletero, ya luego se desharía de ella, y se cambió las botas de lluvia y el mono de trabajo por un par de tacones estilizados y un vestido ceñido. Iba a tener que apurarse si quería llegar a tiempo, y vaya que quería.
Encendió el auto y arrancó sin darle siquiera un segundo pensamiento al cuerpo que había dejado como alimento para los gusanos. No había autos en la carretera por la que salió y simplemente se dejó estar, como quien da un paseo casual, mientras enfilaba hasta la vía principal de regreso a la ciudad.
No lo vio allí donde esperaba verle, en frente del bar de siempre, ese que quedaba en frente del edificio donde ella vivía, o donde pretendía vivir. Era curioso a lo sumo. Se encogió de hombros y simplemente lo dejó pasar. Entró al parqueadero del edificio y ubicó su auto en el lugar que le correspondía, al día siguiente iba a tener que lavarlo y pagarle al vigilante para que no mencionara lo sucio que estaba. Se bajó del auto y subió al ascensor. Nuevamente, él no estaba allí, pero esta vez ella si lo había estado esperando, deseando casi por su presencia. La sobresaltó ver que le buscaba, que esperaba verle.
La puerta de su apartamento estaba cerrada, tal y como ella la dejara, y la decepcionó ver que tampoco allí estaba él. Sacudió la cabeza con fuerza, diciéndose a sí misma que era mejor así. Se cambió de ropa, no le gustaba mucho salir a hacer negocios vistiendo un vestido como aquel, era demasiado recatado. Se puso unos pantalones ceñidos y una blusa blanca, remató su vestuario con una larga cadena que se perdía en medio de su escote y unas botas negras de tacón aguja. Se miró al espejo y relamió sus labios, incluso para ella se veía apetitosa. Decidió darse una vuelta por el bar del hotel antes de ir a su reunión, no quería que pensaran que realmente le importaba.
El bar estaba lleno de gente, casi todos hombres de negocios, jóvenes y viejos, aunque también había un variopinto número de chicas, quizá como ella pero inofensivas, que se dedicaban a mirar a los hombres y a hacerles señas obscenas con sus manos y sus bocas. Soltó un bufido. Esas chicas no sabían muy bien lo que hacían, no tenían idea de en dónde se metían. Muchos de esos hombres a los que seducían eran cazadores experimentados, sádicos o masoquistas reprimidos que temían dejarse en evidencia y que les cruzarían la cara de una bofetada antes de admitir que querían que fuera a ellos a quienes abofetearan. Ella podía hacer eso.
Terminó de apisonar bien la tierra con la pala, se volvió a secar el sudor del rostro y se dirigió al auto. Arrojó la pala al maletero, ya luego se desharía de ella, y se cambió las botas de lluvia y el mono de trabajo por un par de tacones estilizados y un vestido ceñido. Iba a tener que apurarse si quería llegar a tiempo, y vaya que quería.
Encendió el auto y arrancó sin darle siquiera un segundo pensamiento al cuerpo que había dejado como alimento para los gusanos. No había autos en la carretera por la que salió y simplemente se dejó estar, como quien da un paseo casual, mientras enfilaba hasta la vía principal de regreso a la ciudad.
No lo vio allí donde esperaba verle, en frente del bar de siempre, ese que quedaba en frente del edificio donde ella vivía, o donde pretendía vivir. Era curioso a lo sumo. Se encogió de hombros y simplemente lo dejó pasar. Entró al parqueadero del edificio y ubicó su auto en el lugar que le correspondía, al día siguiente iba a tener que lavarlo y pagarle al vigilante para que no mencionara lo sucio que estaba. Se bajó del auto y subió al ascensor. Nuevamente, él no estaba allí, pero esta vez ella si lo había estado esperando, deseando casi por su presencia. La sobresaltó ver que le buscaba, que esperaba verle.
La puerta de su apartamento estaba cerrada, tal y como ella la dejara, y la decepcionó ver que tampoco allí estaba él. Sacudió la cabeza con fuerza, diciéndose a sí misma que era mejor así. Se cambió de ropa, no le gustaba mucho salir a hacer negocios vistiendo un vestido como aquel, era demasiado recatado. Se puso unos pantalones ceñidos y una blusa blanca, remató su vestuario con una larga cadena que se perdía en medio de su escote y unas botas negras de tacón aguja. Se miró al espejo y relamió sus labios, incluso para ella se veía apetitosa. Decidió darse una vuelta por el bar del hotel antes de ir a su reunión, no quería que pensaran que realmente le importaba.
El bar estaba lleno de gente, casi todos hombres de negocios, jóvenes y viejos, aunque también había un variopinto número de chicas, quizá como ella pero inofensivas, que se dedicaban a mirar a los hombres y a hacerles señas obscenas con sus manos y sus bocas. Soltó un bufido. Esas chicas no sabían muy bien lo que hacían, no tenían idea de en dónde se metían. Muchos de esos hombres a los que seducían eran cazadores experimentados, sádicos o masoquistas reprimidos que temían dejarse en evidencia y que les cruzarían la cara de una bofetada antes de admitir que querían que fuera a ellos a quienes abofetearan. Ella podía hacer eso.
12 ago 2013
11 ago 2013
I'm not begging anymore.
And I know I'm not begging anymore. I'm not calling or asking anymore. I can't, I guess. I couldn't stand it, I couldn't keep it for much longer.
Truth be told, honey, I'm not having a good time. I'm not even having a regular time. I just forgot how to smile, how to breathe, how to feel something different but pain, but desire, but loneliness. Haven't I told you this? Haven't I mentioned, in any of the letters I've sent, how desperate I am for seeing you again? How desperate I am for holding your hand in mines once more?
Maybe it's just a difficult concept for you, too difficult to be understood by someone whose greatest prove of affection was to put a nickname on my name. Lets face it, babe, your biggest shown of love was that, oh, and to kiss me in public, which, even when i loved it, wasn't really enough. I was willing to wait, to heal your broken heart, to make you believe in yourself again and you ran like a scared boy. You ran like a child. And here I am, here I still, standing in the same dead point, in the same broken place where once I said I was willing to help you heal.
But this, this has been too much. They all say the same old dusty lie, they all say you're still into me, you still think of me, which I think it's not true. You don't even remember my face, as far as I'm concerned.
And that's why this is all so hard. Because I did fell for you, I did feel and I did mean it. And trying to forget and to pretend nothing happened is not that easy, sweetie.
But I'm not begging anymore, I have nothing left to give. I'm not asking you for more, I'm not sure I can survive you again.
I'm not begging anymore, but, oh God, I miss you like hell.
And, sure as hell, I'm not forgetting you that fast.
In this letter, the damned it's me.
Truth be told, honey, I'm not having a good time. I'm not even having a regular time. I just forgot how to smile, how to breathe, how to feel something different but pain, but desire, but loneliness. Haven't I told you this? Haven't I mentioned, in any of the letters I've sent, how desperate I am for seeing you again? How desperate I am for holding your hand in mines once more?
Maybe it's just a difficult concept for you, too difficult to be understood by someone whose greatest prove of affection was to put a nickname on my name. Lets face it, babe, your biggest shown of love was that, oh, and to kiss me in public, which, even when i loved it, wasn't really enough. I was willing to wait, to heal your broken heart, to make you believe in yourself again and you ran like a scared boy. You ran like a child. And here I am, here I still, standing in the same dead point, in the same broken place where once I said I was willing to help you heal.
But this, this has been too much. They all say the same old dusty lie, they all say you're still into me, you still think of me, which I think it's not true. You don't even remember my face, as far as I'm concerned.
And that's why this is all so hard. Because I did fell for you, I did feel and I did mean it. And trying to forget and to pretend nothing happened is not that easy, sweetie.
But I'm not begging anymore, I have nothing left to give. I'm not asking you for more, I'm not sure I can survive you again.
I'm not begging anymore, but, oh God, I miss you like hell.
And, sure as hell, I'm not forgetting you that fast.
In this letter, the damned it's me.
10 ago 2013
9 ago 2013
Algún día, que no es hoy.
Algún día aprenderé a mantener la calma, espero.
Aprenderé a no desesperarme, a no dejar de respirar cuando crea que estás cerca y a no olvidar mi propio nombre por ti.
Aprenderé a no darte tanto poder sobre mi, a no permitir que me destruyas, a no permitir que me deshagas y rasgues en jirones mi piel.
Un día de estos, que no hoy, lograré sonreír sin rastros de dolor, sin residuos de tristeza, sin un corazón roto que grite y llore.
Pero no hoy, hoy no puedo. Porque es hoy. Porque es precisamente hoy.
Feliz día. (¿Y qué? Sabes bien que eres tu)
Y hoy, yo tenía tantos planes, tantas ideas, para hacer de hoy el día más especial posible. Casi con un año de antelación, si, pero quería que fuera algo memorable. Ni siquiera pude acercarme. Eso no significa que no siga deseándolo, que no siga esperando que puedas sonreír y ser feliz y tener un día que se acerque a la memorabilidad pero no es igual. No es lo mismo porque no puedo verte sonreír, no puedo estar presente. Por eso le tenía miedo a la llegada del hoy. Por eso me escondía y juraba y perjuraba que no iba a estar presente, que para hoy no sentiría nada. Pero sigo sintiendo, siento como siempre. Y extraño.
Un día de estos ya no te diré más, ya no habrá más palabras para ti, no más versos, no más canciones cantadas a pleno pulmón bajo la ducha porque siento que reventaré si no logro sacarte de mi ser. Quemas como veneno. Ardes como fuego.
Un día de estos ni siquiera pensaré en las nubes y su suavidad.
Lastimosamente, ese día aún no es hoy.
Aprenderé a no desesperarme, a no dejar de respirar cuando crea que estás cerca y a no olvidar mi propio nombre por ti.
Aprenderé a no darte tanto poder sobre mi, a no permitir que me destruyas, a no permitir que me deshagas y rasgues en jirones mi piel.
Un día de estos, que no hoy, lograré sonreír sin rastros de dolor, sin residuos de tristeza, sin un corazón roto que grite y llore.
Pero no hoy, hoy no puedo. Porque es hoy. Porque es precisamente hoy.
Feliz día. (¿Y qué? Sabes bien que eres tu)
Y hoy, yo tenía tantos planes, tantas ideas, para hacer de hoy el día más especial posible. Casi con un año de antelación, si, pero quería que fuera algo memorable. Ni siquiera pude acercarme. Eso no significa que no siga deseándolo, que no siga esperando que puedas sonreír y ser feliz y tener un día que se acerque a la memorabilidad pero no es igual. No es lo mismo porque no puedo verte sonreír, no puedo estar presente. Por eso le tenía miedo a la llegada del hoy. Por eso me escondía y juraba y perjuraba que no iba a estar presente, que para hoy no sentiría nada. Pero sigo sintiendo, siento como siempre. Y extraño.
Un día de estos ya no te diré más, ya no habrá más palabras para ti, no más versos, no más canciones cantadas a pleno pulmón bajo la ducha porque siento que reventaré si no logro sacarte de mi ser. Quemas como veneno. Ardes como fuego.
Un día de estos ni siquiera pensaré en las nubes y su suavidad.
Lastimosamente, ese día aún no es hoy.
7 ago 2013
5 ago 2013
Volví a soñar contigo
Perfecto, simplemente perfecto, es sólo una noche más en lo que es esto desde ti.
Saquemos cuentas, di tu que has pasado ocho meses olvidando tus sueños, bueno, es normal, pero yo he pasado ocho meses soñando y recordando mis sueños. Sueños contigo, sueños de ti, sueños donde me hablas y donde apareces y recuerdas mi nombre y mis besos. Sueños donde la vida es mejor, donde mi vida es mejor, porque tu voz aparece en ella, y tus ideas y tus demonios y todo eso que en tan poco tiempo aprendí y amé.
¿Ves? Ya no le tengo miedo a la palabra. Resulta que entendí una cosa, esto. Entendí que quererte tanto, pensarte tanto, reconocer todos esos detalles que tienes que resultan tan odiosos para mi porque te mantienen lejos pero que al mismo tiempo extraño y adoro; eso debe significar algo, seguramente significa algo. Mucho.
Pero he aprendido también que aunque la esperanza queme, aunque el recuerdo arda y los sueños me desvelen, voy a estar bien. Es mi nuevo mantra. Estaré bien. En algún momento del día, o de la noche, entenderé que todo va a estar bien y que tu, aunque presente, no eres más que el fantasma de un gran y doloroso amor unilateral que en algún momento se desvanecerá y me dejará respirar de nuevo.
Y bueno, supongo que si no te veo, cosa que no entiendo cómo haré funcionar si vivo deseando verte, lograré sobrevivir. Al menos hasta que termine el año, porque espero no encontrarte tan a menudo después de eso, porque en mis mejores deseos espero que estés bien, que todo salga bien y que tus metas sean tu realidad. No puedo sino desear que seas feliz, eso me haría feliz a mi también. Y bueno, haría todo esto un poco más sencillo, así sabría que realmente no me necesitas y que puedo marcharme en paz porque, ya dicho, la esperanza es una cruel asesina que disfruta la tortura.
Saquemos cuentas, di tu que has pasado ocho meses olvidando tus sueños, bueno, es normal, pero yo he pasado ocho meses soñando y recordando mis sueños. Sueños contigo, sueños de ti, sueños donde me hablas y donde apareces y recuerdas mi nombre y mis besos. Sueños donde la vida es mejor, donde mi vida es mejor, porque tu voz aparece en ella, y tus ideas y tus demonios y todo eso que en tan poco tiempo aprendí y amé.
¿Ves? Ya no le tengo miedo a la palabra. Resulta que entendí una cosa, esto. Entendí que quererte tanto, pensarte tanto, reconocer todos esos detalles que tienes que resultan tan odiosos para mi porque te mantienen lejos pero que al mismo tiempo extraño y adoro; eso debe significar algo, seguramente significa algo. Mucho.
Pero he aprendido también que aunque la esperanza queme, aunque el recuerdo arda y los sueños me desvelen, voy a estar bien. Es mi nuevo mantra. Estaré bien. En algún momento del día, o de la noche, entenderé que todo va a estar bien y que tu, aunque presente, no eres más que el fantasma de un gran y doloroso amor unilateral que en algún momento se desvanecerá y me dejará respirar de nuevo.
Y bueno, supongo que si no te veo, cosa que no entiendo cómo haré funcionar si vivo deseando verte, lograré sobrevivir. Al menos hasta que termine el año, porque espero no encontrarte tan a menudo después de eso, porque en mis mejores deseos espero que estés bien, que todo salga bien y que tus metas sean tu realidad. No puedo sino desear que seas feliz, eso me haría feliz a mi también. Y bueno, haría todo esto un poco más sencillo, así sabría que realmente no me necesitas y que puedo marcharme en paz porque, ya dicho, la esperanza es una cruel asesina que disfruta la tortura.
4 ago 2013
Momento patético/débil del día.
1. Te habría encantado ver los rayos conmigo. No sé qué pasa que siempre que los veo pienso en ti y en ese día de nubes y suavidades.
2. Te habría gustado mucho el concierto de hoy y a mi me habría encantado verte sonreír de nuevo.
3. Lo siento, creo que no puedo mucho mas con esto. Yo siempre he pensado que, aunque no vaya a mayores, mientras te lleve en el alma evitaré que otros me lastimen pero ni uno ni otro. Tu me dueles más que nada y siguen lastimandome, pero ahora tengo mas de una herida.
1. Te habría encantado ver los rayos conmigo. No sé qué pasa que siempre que los veo pienso en ti y en ese día de nubes y suavidades.
2. Te habría gustado mucho el concierto de hoy y a mi me habría encantado verte sonreír de nuevo.
3. Lo siento, creo que no puedo mucho mas con esto. Yo siempre he pensado que, aunque no vaya a mayores, mientras te lleve en el alma evitaré que otros me lastimen pero ni uno ni otro. Tu me dueles más que nada y siguen lastimandome, pero ahora tengo mas de una herida.
1 ago 2013
Supongo que soy prescindible
¿Y la diferencia es?
La pregunta es recurrente, bastante común. Siempre vuelve al mismo punto como si no hubiera otro.
¿Por qué conmigo debe ser diferente?
Hay tanta gente que para mi es importante, que vale mucho, y por quienes hago cosas que normalmente por otros no. ¿Entonces por qué para mi no hay reciprocidad?
Casi todos, por no decir todos, encuentran alguien a quien contarle, con quien hablar si yo no estoy o incluso si estoy, y mi presencia es fácil que pase desapercibida. Yo no sé hacer eso, no puedo, no me resulta. Aunque lo intento, mucho lo intento y lo intenté. Entonces descubrí los audífonos, auriculares, como prefieran; el caso es que esas pequeñas visitas han salvado mi cordura muchas veces porque me dan una salida, un escape a mi mundo cuando me vuelvo irrelevante para el mundo normal. Es triste, mucho, pensar que no importa cuando me importe o considere a alguien, esa persona puede simplemente ignorarme cuando le da la gana y olvidarse de mi. Es triste ver como yo debo aconsejar y consolar a todos pero en cuanto yo me deshago en lágrimas, nadie puede servirme de pañuelo, nadie me puede ayudar a escapar. Gracias. Al final del día, cuando creo que nada puede empeorar o cuando creo que no ha sido tan malo como pensaba, resulta que si puede empeorar, que todo puede caerse a pedazos y yo me quedo en medio del caos, gritando en silencio para no incomodar a nadie. Llorando encerrada porque no hay quien escuche o acuda. Dándole mil vueltas a todo antes de dormir, preguntándome una y otra vez si quizá me piensas o si siquiera te preguntas, así como yo lo hago, si soy capaz de dormir por las noches, así como yo me pregunto si aún no puedes recordar tus sueños.
Y golpea, como un martillo, en mi corazón dormido y sangrante, la maldita esperanza y la ilusión. Y duele, duele mucho, demasiado, y todo gira y me da vueltas. No respiro, no puedo, y todo se cae en pedazos. Y no hay nadie, alguien, que pueda volver a unirme en una pieza porque, claro, a nadie le importa. Porque soy irrelevante y prescindible. Y eso duele, mucho.
La pregunta es recurrente, bastante común. Siempre vuelve al mismo punto como si no hubiera otro.
¿Por qué conmigo debe ser diferente?
Hay tanta gente que para mi es importante, que vale mucho, y por quienes hago cosas que normalmente por otros no. ¿Entonces por qué para mi no hay reciprocidad?
Casi todos, por no decir todos, encuentran alguien a quien contarle, con quien hablar si yo no estoy o incluso si estoy, y mi presencia es fácil que pase desapercibida. Yo no sé hacer eso, no puedo, no me resulta. Aunque lo intento, mucho lo intento y lo intenté. Entonces descubrí los audífonos, auriculares, como prefieran; el caso es que esas pequeñas visitas han salvado mi cordura muchas veces porque me dan una salida, un escape a mi mundo cuando me vuelvo irrelevante para el mundo normal. Es triste, mucho, pensar que no importa cuando me importe o considere a alguien, esa persona puede simplemente ignorarme cuando le da la gana y olvidarse de mi. Es triste ver como yo debo aconsejar y consolar a todos pero en cuanto yo me deshago en lágrimas, nadie puede servirme de pañuelo, nadie me puede ayudar a escapar. Gracias. Al final del día, cuando creo que nada puede empeorar o cuando creo que no ha sido tan malo como pensaba, resulta que si puede empeorar, que todo puede caerse a pedazos y yo me quedo en medio del caos, gritando en silencio para no incomodar a nadie. Llorando encerrada porque no hay quien escuche o acuda. Dándole mil vueltas a todo antes de dormir, preguntándome una y otra vez si quizá me piensas o si siquiera te preguntas, así como yo lo hago, si soy capaz de dormir por las noches, así como yo me pregunto si aún no puedes recordar tus sueños.
Y golpea, como un martillo, en mi corazón dormido y sangrante, la maldita esperanza y la ilusión. Y duele, duele mucho, demasiado, y todo gira y me da vueltas. No respiro, no puedo, y todo se cae en pedazos. Y no hay nadie, alguien, que pueda volver a unirme en una pieza porque, claro, a nadie le importa. Porque soy irrelevante y prescindible. Y eso duele, mucho.
31 jul 2013
30 jul 2013
29 jul 2013
Ella
No quedó tan bien como esperaba pero más o menos esta es mi idea de Ella en su juventud. Ella se corta el cabello poco después de una de las guerras de sucesión del Trono, así que esto es de antes.
28 jul 2013
Y acabé desahogándome.
26 jul 2013
Desarmé nuestro cuento.
Tu, donde sea que estés, donde sea te escondas. Tu que me lees sin decirlo, sin saberlo, sin darte cuenta que cada letra lleva un pedazo de mi alma que te busca allí donde sea que estés.
No sé dónde estás. No sé si recuerdes muchas cosas, no como yo, pero espero que recuerdes lo que quiero decirte.
Erase una vez ... ¡Es tan ridículo! Esto no es un cuento de hadas, yo sé, pero me hace un poco de ilusión el empezar la historia así. ... El caso es que un día a cierto alguien con el sol en los ojos, se le ocurrió que era buena idea jugar a morder y a saborear. Se le ocurrió que era divertido, claro, con una víctima en específico. Una víctima no muy inocente, alguien que compartía la convicción y la afición que ese alguien poseía por las mordidas y los juegos; con una leve diferencia. Lo que para aquel que llevaba el sol en sus ojos era un juego transitorio, para su víctima era algo bastante instintivo, inevitable, y empezaba a convertirse en necesario.
Ahora viene el nudo de la historia, que es donde todo se complica, creo. Aquí entra la parte donde ese alguien con el sol en los ojos se paraliza y lo que parecía avanzar se estanca en un punto muerto. Entonces uno de los protagonistas da un salto de fe y se lanza a una misión suicida. O las cosas se aclaran o se mueren pero no más puntos muertos. Y parece dar resultado, por un pequeño lapso parece haber funcionado y el dueño del sol se convierte en algo palpable, algo real, algo propio.
Y el desenlace. No iba a quedarme en el nudo, no, la historia termina rápido. Hay una separación, algo larga, algo difícil, y luego un instante de espejismos en el que la víctima que no es tan víctima, que es verdugo pero encontró a su propio torturador, puede ver el sol cruzar frente a sus ojos para deslumbrar al mundo entero sin reconocerle. Y viene la pregunta. ¿Ese sol tiene alguna idea de por qué ya no quiere brillar? No hay respuesta válida, no hay una razón sólida, sólo las razones de un niño que no tiene claro nada y que quería hacer feliz a alguien, del modo equivocado. Nuestra victimaria decide simplemente liberarle, no se atrapa el sol con las manos, ella lo sabe. Se quemó por intentarlo.
Moraleja. No estamos seguros de cuál es. Aún duelen las quemaduras, el sol sigue siendo inalcanzable, pero la victimaria sigue queriendo ser Ícaro, sigue queriendo acercarse al sol más y más, aunque arda en el proceso. Así que nadie ha aprendido nada, a excepción de que las quemaduras internas duelen más que muchas otras cosas.
22 jul 2013
Ella es mis impulsos y mis pasiones. Ella es Ella o la mitad de Belle.
Casi Belle, no por completo. Digamos que es más mi Ella personal.
Uno de los mayores. Es un ser con mucha presencia, con un papel fuerte y marcado, y aún así, es simplemente un ser que viene cuando cree conveniente.
Es ella, es alguien que aparece y me descompensa, me destrona, me enreda, es ella. Ella elige qué quiere, a quién quiere, como si se tratara de ropa nueva. Ella escoge como si se tratase de prendas de vestir, de accesorios, de adornos. Todos y todo son simples complementos para su vestuario.
Es ella, la malvada, la juguetona, la que simplemente desea divertirse. Es esa que me desvela porque no soporta dormirse temprano, porque quisiera estar en la calle, de paseo, de juerga, de excursión.
Ella es esa que sueña con los besos del ser más inconveniente de todos, por pura curiosidad, por puro saber cómo serán.
Ella es esa que no puede lidiar con lo prohibido, con lo que le niegan, esa que ama jugar y reír y pretender que tiene más mundo del que tiene.
Ella es esa que atormenta mis días y me hace preguntarme a mi misma si quizá ella no es sólo algo que yo quiero tener.
Ella.
Uno de los mayores. Es un ser con mucha presencia, con un papel fuerte y marcado, y aún así, es simplemente un ser que viene cuando cree conveniente.
Es ella, es alguien que aparece y me descompensa, me destrona, me enreda, es ella. Ella elige qué quiere, a quién quiere, como si se tratara de ropa nueva. Ella escoge como si se tratase de prendas de vestir, de accesorios, de adornos. Todos y todo son simples complementos para su vestuario.
Es ella, la malvada, la juguetona, la que simplemente desea divertirse. Es esa que me desvela porque no soporta dormirse temprano, porque quisiera estar en la calle, de paseo, de juerga, de excursión.
Ella es esa que sueña con los besos del ser más inconveniente de todos, por pura curiosidad, por puro saber cómo serán.
Ella es esa que no puede lidiar con lo prohibido, con lo que le niegan, esa que ama jugar y reír y pretender que tiene más mundo del que tiene.
Ella es esa que atormenta mis días y me hace preguntarme a mi misma si quizá ella no es sólo algo que yo quiero tener.
Ella.
Y antes de la llegada de los fantasmas, deberás asegurarte de haber cerrado todas las rendijas, los agujeros, las grietas y los espacios en tu armadura. Antes de que llegue la noche, debes haber sellado cada rincón y agujero. La oscuridad no tendrá reparos en devorarte, con o sin lámparas, así que cierra bien todo. Procura que tu luz brille mientras mantienes todo lejos de las sombras.
Yo
19 jul 2013
Discusión interna
¿Ves? Dice ella con una sonrisa de suficiencia, te destrozarás la mano. Y luego, sonríe irónicamente, luego no tendrás nada, te quedarás sin salida.
Y ella me asusta, porque en parte tiene toda la razón.
Discusiones entre los 'yo'.
Cosas que nunca digo.
Hay cosas de las que no hablo, que no menciono. Cosas como lo solas que se sienten las noches, sin importar donde esté; cosas como lo doloroso que es ver las vidas de los demás cuando la mia propia es un simple enredo de situaciones y sueños perdidos; cosas como las ganas de gritar que tengo cada cinco minutos, cada dos días, cada momento, porque tengo que esconder lo mejor de mi, eso que me enorgullece más, eso que más amo; cosas como lo odioso que resulta verme eclipsada simplemente porque soy diferente, porque no soy ellos, porque no pienso igual.
Hay cosas de las que no hablo, cosas que oculto. Mis sueños, mis esperanzas, mis ideas, mis necesidades; siempre que pueda arreglarmelas por mi misma, lo haré. No me gusta contarlas, son cosas que no deseo contar, que evito hacer públicas siempre que puedo, que evito incluso decir en voz alta, no importa si estoy sola en la habitación.
Hay cosas que jamás he dicho, que apenas me he atrevido a medio esbozar, a mencionar muy por encima, a ni siquiera darles forma. Hay cosas que no le digo a nadie y que trato de esconder con todas mis fuerzas.
Hay cosas que él sabe. Hay cosas que él ve. Hay cosas que él dice. Sin que yo sepa siquiera que es consciente de ellas. Y me pregunto si es tan fácil leer en mi o si simplemente él pone atención. Y este no es uno de mis comunes casos de 'oh, no-se-si-le-amo-pero-le-extraño' ni nada que se le parezca. Este es uno de mis muy extraños casos de 'mierda, cómo-supo-lo-que-sabe-y-por-qué-nadie-más-lo-sabe'. Este es uno de esos días en que me digo a mi misma lo mucho que necesito que alguien sepa lo que es, que alguien sepa las cosas que no digo, aunque yo no las diga.
No decir las cosas. Ese es el problema de las mujeres, creo. Es también el problema de la mayoría de los hombres que conozco, no dicen nada y esperan que todo se entienda. El problema es que yo no lo digo, no esperando que alguien lo adivine mágicamente, no, no lo digo porque no soporto que se sepa. ¿Qué se supone que haga? ¿Que lo grite a los cuatro vientos? El mundo aún no está listo, no están preparados, no tienen idea de lo que les espera si yo siquiera menciono aquello que me niego a decirles.
Hay cosas que no digo, cosas que jamás he dicho, cosas que creo que nunca diré. Hay cosas que él supo y me echó en cara, hay cosas que me dijo con tanta naturalidad como si habláramos del clima.
Me robó un beso, el muy idiota. Aunque eso no es nada, no es gran cosa, porque la tierra permaneció estática, inamovible, inmutable. Sirvió de algo, creo, para hacerme ver que sigo pensando en otros besos, que no me muevo si no es por ellos.
Hay cosas que no digo, que jamás diré, pero a veces se siente bien que alguien las sepa.
Para variar, digo.
Hay cosas de las que no hablo, cosas que oculto. Mis sueños, mis esperanzas, mis ideas, mis necesidades; siempre que pueda arreglarmelas por mi misma, lo haré. No me gusta contarlas, son cosas que no deseo contar, que evito hacer públicas siempre que puedo, que evito incluso decir en voz alta, no importa si estoy sola en la habitación.
Hay cosas que jamás he dicho, que apenas me he atrevido a medio esbozar, a mencionar muy por encima, a ni siquiera darles forma. Hay cosas que no le digo a nadie y que trato de esconder con todas mis fuerzas.
Hay cosas que él sabe. Hay cosas que él ve. Hay cosas que él dice. Sin que yo sepa siquiera que es consciente de ellas. Y me pregunto si es tan fácil leer en mi o si simplemente él pone atención. Y este no es uno de mis comunes casos de 'oh, no-se-si-le-amo-pero-le-extraño' ni nada que se le parezca. Este es uno de mis muy extraños casos de 'mierda, cómo-supo-lo-que-sabe-y-por-qué-nadie-más-lo-sabe'. Este es uno de esos días en que me digo a mi misma lo mucho que necesito que alguien sepa lo que es, que alguien sepa las cosas que no digo, aunque yo no las diga.
No decir las cosas. Ese es el problema de las mujeres, creo. Es también el problema de la mayoría de los hombres que conozco, no dicen nada y esperan que todo se entienda. El problema es que yo no lo digo, no esperando que alguien lo adivine mágicamente, no, no lo digo porque no soporto que se sepa. ¿Qué se supone que haga? ¿Que lo grite a los cuatro vientos? El mundo aún no está listo, no están preparados, no tienen idea de lo que les espera si yo siquiera menciono aquello que me niego a decirles.
Hay cosas que no digo, cosas que jamás he dicho, cosas que creo que nunca diré. Hay cosas que él supo y me echó en cara, hay cosas que me dijo con tanta naturalidad como si habláramos del clima.
Me robó un beso, el muy idiota. Aunque eso no es nada, no es gran cosa, porque la tierra permaneció estática, inamovible, inmutable. Sirvió de algo, creo, para hacerme ver que sigo pensando en otros besos, que no me muevo si no es por ellos.
Hay cosas que no digo, que jamás diré, pero a veces se siente bien que alguien las sepa.
Para variar, digo.
¿Cómo es posible que sepas tan claramente lo que quiero si yo nunca lo he dicho? ¿Como haces para leerme? ¿Por qué nadie mas puede?
¿Por qué yo no puedo amarte?
¿Por qué no puedo pensar que hay alguien más que me ve tan bien?
Ella no lo sabe, no lo ve.
Nosotras nos tragamos esas cosas, las silenciamos.
¿Cómo es que podes verlo?
¿Por qué yo no puedo amarte?
¿Por qué no puedo pensar que hay alguien más que me ve tan bien?
Ella no lo sabe, no lo ve.
Nosotras nos tragamos esas cosas, las silenciamos.
¿Cómo es que podes verlo?
15 jul 2013
Un perro y una domadora que dejaron de comprar el mundo por hacer un trueque.
Ella quería comprar el mundo, como se quieren muchas cosas. Quería específicamente comprar un perro de la perrera más grande existente. Sólo que este no era un perro como tal, y esa no era una perrera. Era la vida y él era un hombre, y ella no podía comprarle. Pero quería tenerle, como se quieren tantas cosas en la vida, y buscaba cómo conseguirle. Y le llamaba perro, él se dejaba llamar, porque si le decía de cualquier otra forma todos sabrían que quería tenerle y él no podía saber que ella quería tenerle.
Él quería comprar el mundo. Sólo quería comprar una cosa, quería comprar una amaestradora para su perro. Él no tenia perro, aunque así le decía ella, y no quería una domadora sino a ella misma. Y él la llamaba domadora, porque ella se dejaba llamar así y le llamaba perro, y porque quería que lo domara y porque, si la llamaba de cualquier otra forma, todos sabrían que quería tenerla y ella no podía saber que él quería tenerla.
Ella sabía donde rascarle las orejas, donde palmearle el lomo, que galletas darle por sus trucos. Ella sabía escucharlo, sabía retarlo, sabía ignorarlo y sabía dejarle ganar.
Él sabía morderla, mover su cola, hacerse el muerto, saltar por galletas. Él sabía hacerla callar, reírse de ella, retarla, hacerla pensar que ganaba y sabía qué decir para que ella sonriera.
Ella pensaba que ni con todo el dinero del mundo conseguiría aquel animal extraño que tanto deseaba.
Él pensaba que ni con todo el oro del mundo conseguiría que ella domara su bestia.
Un día ella le dijo que quería comprar un perro y él le confesó que necesitaba una domadora. Un día ella le estampó un beso y le mordió la oreja a aquel perro salvaje que no se dejaba domar.
Un día él le arañó la cintura y le tiró del cabello a aquella domadora que despertaba su lado bestial.
Un día ella supo que era muy sencillo encontrar al perro que buscaba.
Un día él supo que era sólo cuestión de pedir ser amaestrado.
Un día un hombre y una mujer que querían comprar el mundo entero se conformaron con obtener gratis un cuerpo y un alma con quien compartir las noches y las tormentas.
Un día el mundo que tanto esperaba ser comprado ni siquiera se dio cuenta que, nuevamente, por culpa del amor había perdido la oportunidad de ser comprado.
Él quería comprar el mundo. Sólo quería comprar una cosa, quería comprar una amaestradora para su perro. Él no tenia perro, aunque así le decía ella, y no quería una domadora sino a ella misma. Y él la llamaba domadora, porque ella se dejaba llamar así y le llamaba perro, y porque quería que lo domara y porque, si la llamaba de cualquier otra forma, todos sabrían que quería tenerla y ella no podía saber que él quería tenerla.
Ella sabía donde rascarle las orejas, donde palmearle el lomo, que galletas darle por sus trucos. Ella sabía escucharlo, sabía retarlo, sabía ignorarlo y sabía dejarle ganar.
Él sabía morderla, mover su cola, hacerse el muerto, saltar por galletas. Él sabía hacerla callar, reírse de ella, retarla, hacerla pensar que ganaba y sabía qué decir para que ella sonriera.
Ella pensaba que ni con todo el dinero del mundo conseguiría aquel animal extraño que tanto deseaba.
Él pensaba que ni con todo el oro del mundo conseguiría que ella domara su bestia.
Un día ella le dijo que quería comprar un perro y él le confesó que necesitaba una domadora. Un día ella le estampó un beso y le mordió la oreja a aquel perro salvaje que no se dejaba domar.
Un día él le arañó la cintura y le tiró del cabello a aquella domadora que despertaba su lado bestial.
Un día ella supo que era muy sencillo encontrar al perro que buscaba.
Un día él supo que era sólo cuestión de pedir ser amaestrado.
Un día un hombre y una mujer que querían comprar el mundo entero se conformaron con obtener gratis un cuerpo y un alma con quien compartir las noches y las tormentas.
Un día el mundo que tanto esperaba ser comprado ni siquiera se dio cuenta que, nuevamente, por culpa del amor había perdido la oportunidad de ser comprado.
Monstruos del armario.
Pensé que no quedaban ya monstruos en este armario. Estaba convencida de haberlos destruido y desterrado a todos, de haberles debilitado y haberles destronado. Pensé que la oscuridad ya no tendría sobre mi aquel poder desgarrador y manipulador, aquella mano negra llena de oscuridad y miedo, que solía obligarme a gritar silenciosamente mientras se arrastraba a mi lado. Grave error se comete al pensar que sólo porque el miedo no esté en primera plana ya no existe. Yo te dije un día que tenia monstruos en mi armario, demonios, bestias que a veces eran más fuertes que yo, te dije que las manejaba a ratos, que podía con ellas. Tu llegaste, interpretando un papel de caballero de armadura dorada, que por unos segundos deslumbró a mis ojos tristes. Yo sabía de magia, avada kedavra y hocus pocus, podía inventar hechizos para sacarme a mi misma del abismo, para olvidar los raspones y las cortadas, para mitigar el hambre. Había aprendido en muchas ocasiones lo que un par de palabras bien dichas y unas cuantas caricias podían lograr, había aprendido que, tal y como yo obtenía aquello que deseaba, también lo entregaba, sucumbiendo a la magia más antigua y conocida de todas, y a la vez una de las mas infalibles, la seducción. Había jugado varios juegos, unos peligrosos y otros inofensivos, entregando siempre mi parte de la apuesta, perdiendo o ganándole terreno a esos demonios que compartían la mesa conmigo. Pero a ti, a ti nadie te había invitado al juego, esto era póquer de maestros y tu aún pertenecías a las ligas menores. Tuviste cierta suerte de principiante y se sentía como un suave bálsamo, como una bandita puesta sobre un raspón reciente para cubrirlo del exterior, para protegerlo. Durante unos segundos se sintió como un embrujo, como una de las maldiciones de los cuentos de hadas, esas que son tan famosas, que te hacen olvidar todo, lo que duele, lo que no duele, lo que quema y lo que corrompe. Creo haber estado ahí antes, en otra vida, en otro momento, antes de sentir, antes de llorar, mientras un gato negro me observaba de lejos y sonreía conocedor de un secreto que yo ignoraba. Resultó que no podías detener la corrupción de un cuerpo muerto, de algo ya deshecho, con una simple bandita. Si la herida ya está infectada no hay mucho por hacer cubriéndola. Despierta. Tras un momento llega otro, tras un recuerdo uno nuevo, un hechizo tan débil que acabó por romperse y alejarte, rasgó el puente que unía el bosque viejo con tu castillo de príncipe encantado. Un caballero de armadura dorada jamás requerido, jamás llamado, nunca entrenado. Tu decías haber luchado con dragones, con gigantes, con brujas y hechiceros, con cíclopes y calamares; esa lista tan extensa tuya no incluía monstruos en armarios, no incluía demonios en almas podridas, no incluía miedos de chiquillos convertidos en terrores de hombres. Y me pregunto qué será de mi, si habrá algo más después. Tu espada rota yace en un rincón de la habitación de mi castillo en el bosque oscuro, llena de una sangre que no pertenece al monstruo que debías derrotar, llena de unas lágrimas que nunca debieron haberla llenado. Tu armadura roja, oxidada, deslustrada, está de cualquier modo en una pila en el centro del salón, acumulando polvo y larvas, acumulando tristezas y fantasmas. No debías ser tu, no debías enfrentarlo, no debías intentarlo. Nadie te explicó, supongo, que los monstruos de armarios sólo pueden ser vencidos por sus dueños, por aquellos que imaginaron el terror que los creó en primer lugar. Claro que no, los caballeros de la mesa redonda no saben que hay cosas más allá de su control, cosas con las que no pueden lidiar, cosas que no puede sobrellevar, cosas que no les temen. Hay un fenómeno curioso con los monstruos estos, los del armario, esos, y es que no reconocen más dios que aquel que los crea, aquel que les teme, aquel que es incapaz de dormir sin una luz en la habitación o sin una manta en los pies por temor a que aparezcan realmente ante él, aunque lo desea inconscientemente, es su forma de saber que es real, que no es sólo paranoia. Muy curioso es, porque sólo quien más les teme puede vencerlos, desvanecerlos, aunque nadie lo sabe, nadie se toma el tiempo de investigar la naturaleza de los seres del armario porque, una de dos, o no creen en ellos o les temen demasiado. Y no te culpo, tu confiabas en ser un caballero completo, confiabas en tu armadura dorada y en tu espada brillante, y eso quizá bastaba para los monstruos secundarios, los de los cajones y las alacenas, los de los cuartos secundarios y habitaciones de huéspedes, pero mi monstruo personal, ese que se esconde en el armario principal de mi habitación, ese era demasiado para ti. Vi el terror en tu rostro, vi el miedo tomar forma en tus ojos y al dolor convertirse en una sombra a tu espalda mientras sus garras rompían tu espada y se clavaban en tu espalda, y atravesaban tu coraza dorada, y quebraban tus huesos hasta hacerlos polvo. Él es venenoso, es ponzoñoso, es peligroso, es fuerte y es desalmado. Es mi monstruo personal. Es mi miedo personal. Nunca aprendiste a temerle y por eso te destruyó, no le costó trabajo alguno, esfuerzo alguno, fue un simple moverse y ya no estabas, y la armadura yacía amontonada en medio de la habitación y la espada rota en una esquina. Y él volvía a su rincón, al armario que está justo frente a mi cama, ese que veo todas las noches, ese donde mi vista se congela y que hace a mi respiración perder su ritmo. Y yo vuelvo todas las noches, quiera o no, a esa habitación, busco restos de ti, restos de tu piel, de tu aroma, de tu corazón, busco algo que me salve del terror de la noche porque, incluso ahora, sigo sin poder enfrentarme a él. Sigo sin poder mirarle, sigo sin poder pagar tu desaparición.
Aún ahora los monstruos del armario me persiguen. Aún hay un monstruo en mi armario y yo espero alguien que me acompañe hasta la cama un rato.
Aún ahora los monstruos del armario me persiguen. Aún hay un monstruo en mi armario y yo espero alguien que me acompañe hasta la cama un rato.
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