Ni ella ni yo pensamos disculparnos por nuestras palabras. No se disculpa el sol aunque queme ni la luna aunque en ocasiones aterre. Yo amo, todo aquello que pueda ser amable, y como me rehúso a esconderme, he aquí mi escape.

16 may 2012

Tres


La noche no hacía más que oscurecer. No había nubes, el miedo las alejaba como si alguien pudiera herirlas. No había luna, oculta tras una enorme montaña, su brillo desaparecía y dejaba un rastro espectral.  Las calles de la ciudad reflejaban lo que su cielo decía: soledad, tristeza, fantasmas, recuerdos. Si hubiera habido alguna forma de hacer salir a la luna de su escondite probablemente la imagen no habría cambiado. Esa vieja ciudad olvidada no necesitaba de la luz lunar para verse macabra.

Eran tres, ángeles, demonios, sombras, criaturas surgidas de ningún lugar, que recorrían la calle con su mirada desde diversos ángulos. No se conocían, jamás se habían cruzado palabra entre sí, sin embargo algo muy dentro de sus cuerpos sabía que las cosas no serían igual.

La primera era un ángel, si es que existen, en apariencia tierna y dulce pero con un interior parecido al de los chocolates trucados: a veces amargo, a veces ácido, a veces dulce y en ocasiones mágico. Era curiosa, no mucho, pero si lo suficiente como para reconocer que estaba siendo observada. No le interesaba mucho lo que pasaba en la ciudad, ella ya tenía una victima, ya poseía un alma ajena, estaba feliz con eso, con su vida. Si, quería muchas cosas, muchas más, pero también quería lo que tenía. Fue una de las primeras en encontrar un balance, en detener el acelerado reloj de arena que marcaba los compases de su permanencia. Eligió quedarse y conservar la paz. Aparentemente un pequeño ángel, con garras afiladas y peligrosas.

La segunda, quien había sido la primera en desplegar sus alas, era una curiosa mezcla de ángel y demonio, quizá un cruce entre gorgonas y sirenas, demasiado obvia a los ojos observadores. Era cálida, dulce, inspiraba una oleada de ternura tal que no estaba claro si era real o no. Era cruel, era malvada, era despiadada y le gustaba serlo. Sádica como era, disfrutaba moviendo las cuerdas de los títeres a su antojo, manejando las palabras como plastilina y dejando a sus victimas con la confusión de qué había ocurrido. Tenía una habilidad asombrosa para tergiversas y modelar las estocadas mortales que le lanzaban sus enemigos, desviándolas siempre y regresándolas a estos. Curiosamente era mejor tenerle de aliada que de enemiga, su afilada lengua y sus venenosas garras se desvanecían ante aquellos que ganaban su corazón.

La tercera, la más pequeña, era una pequeña vampiresa experta en fingir inocencia. Su rostro no reflejaba conocimiento del mundo normal, ni de sus costumbres, sus palabras trataban de mantenerse alejadas del mugre, de la normalidad; pero la realidad era otra. Conocía las sombras, o los atisbos que estas dejaban sobre el alma humana, había probado la sangre y le había gustado su sabor. Quería jugar con la vida, quería coquetearle a los miedos, quería encontrar un par de almas que entendieran y quisieran ver al demonio debajo de la piel de cordero.

Tan real como se suponía era la vida misma, un instante bastó para sellar el conocimiento de que podrían ser grandes, enormes, increíbles juntas. No faltaba mucho, el mundo les pertenecía, separadas eran dueñas de grandes porciones del mundo, juntas lo poseían al completo. No había más palabras que hicieran falta, encajaba. Casi como las piezas de un puzzle, era cuestión de complementos. Un trípode que sostenía en su cúspide todos los proyectos, plagas, tiranías, magia, deseos, recompensas y demás secretos que la vida tuviera preparados.

¿Y cómo decir que era falso? 

Me presento, soy la última. La tercera. La vampiresa que encontró un ángel y un demonio a las que proteger y cuidar, que me hicieran compañía en la soledad que a veces acompaña mi eternidad, que quisieran el alma podrida y corrupta que habita en mi cuerpo.

Me presento, soy la que no sabe como vivir sin ese par de criaturas que ahora son tan parte de mi como el aire.

1 comentario:

Deja que tus gritos también sean llevados por el viento.