Ni ella ni yo pensamos disculparnos por nuestras palabras. No se disculpa el sol aunque queme ni la luna aunque en ocasiones aterre. Yo amo, todo aquello que pueda ser amable, y como me rehúso a esconderme, he aquí mi escape.

23 oct. 2013

Ese juego que no era juego

Suponía que en algún momento se iba a aburrir, que uno de esos días le vería y sencillamente no iría a saludarle con la misma esperanza con la que siempre lo hacía. Ese no era el día.
Habían empezado a jugar un tiempo atrás, si es que era un juego. Así lo veía ella, así lo llamaba, no era otra cosa. Consistía simplemente en acompañarse, en hacerse compañía cada que alguien estaba desocupado.
Era un buen trato, uno de esos que no se mencionan mucho. Era una vista agradable, deseable, y agradecía el extraño evento cósmico que permitía que en su compañía ella no pensara en todo eso que la acosaba. No sabía si a él le representaba algún beneficio, independientemente de la compañía, pero para ella funcionaba.
Y aunque nunca pudo negar que si quería que pasara algo, cualquiera en su sano juicio lo habría querido, no le importaba si nunca pasaba. Era algo sencillo y sin que nadie se involucrara.
Y para ella estaba todo bien, era todo válido, porque al jugar no pensaba en su propio demonio personal y eso era algo que nunca había conseguido, que nunca conseguía, excepto con él. Y claro, la belleza le podía.
En algún momento iba a aburrirse, si, pero aun no llegaba el momento.
Mientras tanto jugaba, ese juego que no era juego, y buscaba mil formas de alargar los momentos y de hacer sonreír a su compañía porque esa sonrisa valía mucho. Desde una lluvia en un balcón hasta un atardecer en una azotea. Era algo que bien valía lo que costaba.
Y la sonrisa con la que se quedaba ella, eso no tenía precio. La sonrisa le quedaba pegada al rostro por largo rato. Sólo con eso, sólo con una conversación donde incluso era ella quien hacía casi todo el trabajo, hablando de todo y de nada mientras él dibujaba o fingía dormir. No le permitía irse, sin embargo, le pedía que se quedara y ella lo hacía.
Claro, sabía que se acabaría un día, pero le gustaba jugar y hacerlo sonreír. Le gustaba conversar y abrazarlo de improviso cuando él no lo esperaba porque su sorpresa era encantadora. Y ella no negaba que le gustase, nunca, pero sabía que nada pasaría ni lo esperaba.
Se daba el lujo de jugar un juego que si le gustaba.
Se daba el lujo de ser ella y que se divirtiera.

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