Ni ella ni yo pensamos disculparnos por nuestras palabras. No se disculpa el sol aunque queme ni la luna aunque en ocasiones aterre. Yo amo, todo aquello que pueda ser amable, y como me rehúso a esconderme, he aquí mi escape.

20 may. 2013

Soñé contigo, nuevamente. Y ni me acostumbro, ni deja de doler.

Soñé contigo. Sabes. Hacía tiempo, mucho en realidad, que no me destruías de esta forma.
Como siempre, como todo, como yo, necesito sacarte de mi sistema. Como siempre y como con todo, me estás destruyendo, quieras o no, y debo deshacerme de ti.

Nunca recuerdo cómo llegué hasta ahí, cómo me vi involucrada en semejante situación. Pero sí recuerdo que tu estabas ahí, que te veía, como siempre hago, desde lejos. Recuerdo que observaba tu sonrisa y que me preguntaba si alguna vez volverías a sonreír por mi. Recuerdo que veía tus ojos y anhelaba, con cada molécula de mi ser, verme en ellos nuevamente. Y desaparecías, de pronto te perdía el rastro y dejaba de encontrarte entre la gente. Mas nunca dejabas de rondar mis pensamientos, nunca dejabas de rondar mis ideas, nunca desaparecías de mi alma.
Fue alguien cercano a ti, demasiado cercano, quien desató todo lo que ocurrió. Yo estaba, como estoy siempre, intentando encontrar una forma de deshacerme de tu recuerdo, de tus imágenes, cuando esa persona dejó un mensaje en mi bandeja. Habla con él, está triste. Te extraña. Recuerdo haber pensado, en principio, que era una muy mala broma. Era de un horrible mal gusto que alguien me hiciera semejante jugarreta, mas cuando lo pensé de nuevo, esa persona no tenía razones para hacer algo como eso. No lo necesitaba, no le reportaba beneficios, ni siquiera diversión. Y entonces lo pensé de nuevo. Entonces lo vi como cierto. Era posible, probable, casi podía sentir como tu esencia me envolvía y algo en mi interior empezaba a gritar que sí no averiguábamos la verdad de tu boca, moriríamos.
Una voz, perteneciente a alguien que, en mi sueño, estaba de mi lado, me susurró que te ibas. Estabas en camino de marcharte, me dijo. Lo pensé, lo admito, durante al menos una fracción de segundo. Podría dejarte ir, podrías marcharte, y no te vería en sólo Dios sabía cuanto tiempo. Casi, te lo juro, casi permito que te marcharas. Casi me convencí a mi misma que sobreviviría, que no te extrañaría, que las noches no serían tan duras. Casi. Pero en el mismo momento en que siquiera mi mente formuló el pensamiento, mis células se revelaron, rugieron, la sangre se agolpó en mis oídos y mi adrenalina se disparó. Si te dejaba marchar, jamás y nunca sabría la verdad, el por qué, nunca podría dormir tranquila de nuevo. Estaba condenada, y me rehusaba a aceptar la condena.
Empecé a correr. Con todas mis fuerzas, como si nunca hubiese de detenerme, como si nada fuese a detenerme. Empecé a correr tan rápido como me lo permitían mis piernas, tan lejos como podía dar cada zancada, tan enfocada en ti que no sintiese el dolor en los músculos o el viento en la cara o los raspones en las rodillas. Corrí, crucé callejones, parques, escuelas. Corrí tanto que pensé que no te hallaría, que pensé que no estarías, pensé que quizá, quizá, ya nunca cerraría el circulo. Todo era un borrón verde y café, todo era gris y rojo ladrillo, todo era nada, informe, indefinido, irreconocible. Tuve miedo. Tuve físico miedo, la sensación de ausencia de aire en mis pulmones, la falta de oxígeno en mi cerebro, el acelerado latido en mi pecho; todo eso era soportable comparado con la nada, con el estado de vacío al que regresaba de sólo pensar que tu no estabas ahí. Y encontraba fuerzas, desde lo más profundo del abismo, porque sí no sabía la verdad, nunca alcanzaría a vivir.
Y entonces llegué. Y todo el universo se detuvo en un solo instante, en un momento tan cálido y tan brillante que el sol no podía siquiera competir. La vida se quedó estancada en el color de tus ojos y en la forma de tu cabello, mi aliento se atoró en mi garganta y todas mis preguntas murieron cuando me miraste y simplemente sonreíste. Simplemente sonreíste. Así, como si nada, como si todo, como si nunca te hubieses ido. Me ofreciste un helado, chocolate y vainilla, y tomaste uno para ti, justo como la primera vez. Sonreíste de nuevo, y esta vez yo también pude sonreír. Esta vez pude sentir que todo iba a estar bien, que todo iba a salir bien. Contigo, sin ti, había cosas que no sabía, pero la sensación de estar en el sitio indicado era tal que haberla ignorado habría sido simplemente imposible.

Entonces desperté. Confundida, desorientada, destrozada. Estaba exhausta, lo estoy siempre que sueño contigo. Enterré mi rostro en la almohada y ahogué un sollozo, no me permitía lágrimas, no salían, por mucho que yo quisiera que así fuera. El día ha sido largo, un poco triste, un poco apagado, y yo sigo pensando en que sonreíste, aunque fuese en un sueño, y que la razón fue mi presencia.
Y todavía, todavía no decido si eso me destruye o me envenena o quizá, quizá, me pueda salvar.

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