Ni ella ni yo pensamos disculparnos por nuestras palabras. No se disculpa el sol aunque queme ni la luna aunque en ocasiones aterre. Yo amo, todo aquello que pueda ser amable, y como me rehúso a esconderme, he aquí mi escape.

31 may. 2013

Curiosamente, sobreviviré.

Quiero verte una vez más, y siento que respiras a mi lado, asi es que vivo alucinada, mintiéndole a la misma realidad. 

Karoll Marquez.

Si, si, es una canción cursi y tonta. Llevo un rato cantándola. No me explico bien la razón.


Era un día más, aburrido, torpe, vacío. Había despertado con los nombres revueltos, con los ánimos cruzados. Ella, la que solía ser responsable, la que solía preocuparse, estaba en uno de esos agujeros donde bien podía dejar todo en el infierno. Le daba igual. Había decidido no hacer nada, no moverse, no levantarse de su cama siquiera, pero sabía que tenía que hacerlo; aunque por dentro maldijera todo y a todos. No tenía otra opción, ese era su papel usual.
Era un trabajo complicado eso de levantarse de la cama, sus huesos se sentían rebeldes, su cabello se enredaba en su rostro y el aire caliente de la habitación no hacía sino aumentar sus deseos de seguir durmiendo. Bañarse fue un poco mejor, el agua helada le devolvió algo de raciocinio. Dos vasos de cafeína después, ya se había resignado. Iría, tenía que ir, mas no tenía que dar el todo por el todo. No era necesario. Encendió su computadora y revisó sus emails. No había nuevas noticias, nada excepcional ni desconocido. Suspiró. No estaba muy segura de qué había estado esperando. Cada mañana era algo similar, la misma sensación incómoda y a la expectativa. Sin embargo no duraba mucho, desaparecía en el momento en que confirmaba que ese tampoco sería el día.
Por unos cuantos segundos consideró la opción de estudiar, de hacer lo que debía hacer, decidió que no valía la pena. No se torturaría con algo que no tenía sentido. Escogió una serie y empezó por el primer capítulo. Era entretenida, se encontró riendo a carcajadas y recordó que había extrañado reír de esa forma. Sin que se diera cuenta, llegó la hora. Apagó el equipo, se vistió, intentó hacer algo con su cabello y luego decidió que prefería simplemente ser ella, y salió.
Era la rutina habitual, iba por la calle en su propio mundo y la gente la observaba como a algo curioso, como se observa a un animal extraño. Sonrió, le habían llamado así algunas veces. Tomó el transporte a la universidad y subió el volumen a sus audífonos. No le importaba si la gente la miraba, no le importaba si pensaban que era algo que no era, para ella bastaba con saberse ella misma. Lo había decidido, había hecho su elección.
Tuvo que hacer malabares al llegar a su destino, su equilibrio, como siempre, no era el mejor. Bajó del bus y subió las escaleras de entrada. Aún entonces había gente que, como siempre, giraba a observarla y luego volvía a su ritmo natural. Ella sabía el por qué, sabía que no se debía a su rostro, ni a su belleza, ella no poseía tal cosa, se debía simplemente a que era diferente. Su cabello y su forma de vestir no iban muy apegados al patrón, por lo tanto se ganaba una segunda mirada de algunas personas. Las ignoraba casi siempre, excepto cuando habían sido de él. Sacudió la cabeza, se prohibía a si misma pensar en él dentro del campus de la universidad, su mala suerte podía acabar invocándolo y ella aún no era capaz de verle sin caerse a pedazos.
El salón de clases bullía en preocupación. Todos estaban incómodos e inquietos por el examen de ese día, casi no podían mantenerse quietos. Ella estaba resignada, aburrida casi, y consideraba las posibles repercusiones de simplemente no asistir; pero el profesor llegó antes de que pudiera decidirse. Su promedio no era malo, estaba bastante bien, y eso le valió no tener que presentar el examen. La recorrió una oleada de alivio que no había esperado, claro, seguía siendo ella misma, por lo tanto era difícil simplemente dejar las cosas así. Se sentó en el pasillo a escuchar música mientras barajaba la idea de llamar a uno de sus amigos, se decantó por simplemente enviar un mensaje: no quería interrumpir algún momento privado. Le respondió una llamada, estaban en el coliseo, la invitaban.
Su decisión había sido tomada en un par de segundos, aunque a algunos de sus amigos no les parecía prudente, podría encontrarse con él, dijeron. Ella se calló para sí la respuesta, esa era la idea, quería verle. Seguía sumida en esa extraña contradicción, evitaba su presencia a toda costa, porque no tenía mucho control sobre si misma cuando de él se trataba, y aún así siempre buscaba una oportunidad de verle, de observarle incluso a distancia, porque era él, porque él era todo lo que ella deseaba, porque incluso así, ella sólo quería saber que él estaba bien y era feliz. Se levantó y se dirigió a su destino.
Fútbol. Casi gime, pero habría sido exagerado. No era tan malo una vez que omitía la parte de no entender nada de lo que ocurría allá abajo. No iba a fingir intentarlo siquiera, su atención no lograba centrarse en eso. Justo al otro lado, en perfecta posición para su campo de vista, estaba su perdición. Se quedó sin aire, al tiempo que su corazón se saltaba un latido. De haber sabido ... Pero ya no podía hacer nada, ella nunca pediría que se cambiaran de lugar, no iba a perder aquella oportunidad. Ignoró el incómodo peso en el pecho y la ligera opresión en la garganta. Ella no iba a perder, tenía que superarlo de una vez por todas, o podría pasarse la vida deseando algo que nunca iba a tener.
Una agradecida distracción apareció, amaba conocer gente nueva y le estaban presentando la oportunidad perfecta. Se embarcó en una conversación sobre armas, teorías conspirativas, sobornos, futuros probables, gustos, hábitos, historias y demás. Por unos minutos, signo que quizá estaba logrando un avance, logró sacarle de su memoria. Él probablemente estaba evitando mirarla pero a ella no le importaba, como pocas cosas no le importaban. De vez en cuando su mirada se desviaba en su dirección, anhelante, y luego volvía a desviarla. Estaba firmemente empeñada en demostrarse a si misma que iba a sobrevivir, que no iba a desmoronarse como otros días. Curiosamente la sensación era distinta, su corazón latía acelerado, si, pero no era la misma sensación. No era esa sensación de necesidad anhelante y desgarradora, era algo más controlado, más moderado, era algo soportable.
Su ánimo sufrió un cambio drástico. De pronto ya no se sentía tan mal, de pronto ya no estaba tan sombría. Acababa de ver la luz al fondo de su túnel y eso era más que suficiente. Acabo incluso hablando de él, sin decir su nombre, claro, y de lo que había pasado entre ellos. Se encontró con que le subían el ánimo y le regalaban una sonrisa y un cumplido. Se encontró de pronto con que era agradable hacer un nuevo amigo.
El día terminó y ella estaba hambrienta, así que después de despedirse fue por algo de comer. Su suerte la esperaba, estaba justo en frente de ella, adorable como siempre, atractivo como siempre, para ella era sumamente apetecible. Se enfocó lo más que pudo, subió el volumen a sus audífonos e ignoró el cosquilleo en su estomago que decía que lo que ella quería no estaba precisamente en la nevera. Eligió una Coca-cola y algo de chocolate, lo necesitaba, siempre lo necesitaba después de una experiencia tan dolorosa. Sólo se permitió dirigirle un par de miradas, rápidas y neutras, se negaba a convertirse en lo que odiaba, incluso si ya lo era. Tomó su bebida y sus galletas de chocolate y se marchó, sin permitirse mirar atrás. Era consciente de lo fuerte que había sido su reacción al verle, así como también lo era de que por una tarde, por varías horas, esa sensación de ahogarse al estar cerca de él, había desaparecido un poco. Y eso, si eso pasaba, sólo podía significar que no estaba tan perdida como pensaba, que tenía aún esperanza.
Sonreía de camino a su casa, aunque la vieran extraña, de todos modos eso era ella, una rara  y le gustaba serlo. Le gustaba ser tierna y aterradora, ser ella. Le gustaba saber que él era feliz y reía, a carcajadas, como ella pocas veces le había visto hacer. Eso era suficiente para ella, idiota amor que no pedía mucho, porque lo único que había pedido siempre era su felicidad, de él, no propia.
Y seguía con su rutina, tan única y diferente como cada día.




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